Lengua y literatura

30 Poemas Vanguardistas de Autores Famosos


Los poemas vanguardistas surgieron en la primera mitad del siglo XX y se caracterizaron, al igual que la corriente vanguardista en general, por tener un estilo libre e innovador, no atado a los convencionalismos literarios.

El vanguardismo en la poesía no respeta la métrica, se arriesga, es irreverente y muy creativa, al punto de practicar total libertad. Esta anarquía se observa en la tipografía utilizada y la forma de plasmar las líneas sobre el papel (al revés o en forma de animales, espirales, etc.), incorporándole dibujos, sonidos e imágenes oníricas o situaciones extrañas.

La poesía vanguardista apela intencionalmente a la mala ortografía, a la creación de palabras inexistentes y a prescindir de conectores y otros recursos gramaticales.

La temática también se sale de lo común y las palabras no buscan tener significados más allá de las propias palabras, es decir, no existe el sentido figurativo.

Todas estas características estuvieron muy marcadas en la poesía vanguardista de Europa. Cuando esta corriente permeó América, los escritores de este continente la adoptaron para expresar sus ideales políticos socialistas y su preocupación por los temas sociales.

Por ello, trataron en sus poemas temáticas sobre los problemas de la humanidad, utilizando metáforas más o menos sutiles, pero en definitiva reflejando su compromiso con el pueblo.

Lista de poemas de los principales autores del vanguardismo

Agosto de 1914

Autor: Vicente Huidobro

Es la vendimia de las fronteras
Tras el horizonte algo ocurre
En la horca de la aurora son colgadas todas las ciudades
Las ciudades que husmean como pipas
Halalí
Halalí
Pero esta no es una canción

Los hombres se alejan 

Ébano Real

Autor: Nicolás Guillén

Te vi al pasar, una tarde,
ébano, y te saludé;
duro entre todos los troncos,
duro entre todos los troncos,
tu corazón recordé.

Arará cuévano,
arará sabalú.

-Ébano real, yo quiero un barco,
ébano real, de tu negra madera…
-Ahora no puede ser,
espérate, amigo, espérate,
espérate a que me muera.

Arará cuévano,
arará sabalú.

-Ébano real, yo quiero un cofre,
ébano real, de tu negra madera…
-Ahora no puede ser,
espérate, amigo, espérate,
espérate a que me muera.

Arará cuévano,
arará sabalú.

-Quiero una mesa cuadrada
y el asta de mi bandera;
quiero mi pesado lecho,
quiero mi lecho pesado,
ébano, de tu madera,
ay, de tu negra madera…
-Ahora no puede ser,
espérate, amigo, espérate,
espérate a que me muera.

Arará cuévano,
arará sabalú.

Te vi al pasar, una tarde,
ébano, y te saludé:
duro entre todos los troncos,
duro entre todos los troncos,
tu corazón recordé. 

Una Risa y Milton

Autor: Jorge Luis Borges

De las generaciones de las rosas
Que en el fondo del tiempo se han perdido
Quiero que una se salve del olvido,
Una sin marca o signo entre las cosas

Que fueron. El destino me depara
Este don de nombrar por vez primera
Esa flor silenciosa, la postrera
Rosa que Milton acercó a su cara,

Sin verla. Oh tú bermeja o amarilla
O blanca rosa de un jardín borrado,
Deja mágicamente tu pasado

Inmemorial y en este verso brilla,
Oro, sangre o marfil o tenebrosa
Como en sus manos, invisible rosa. 

El Pájaro

Autor: Octavio Paz

En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.

Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron…
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.

Los Heraldos Negros

Autor: César Vallejo

Hay golpes en la vida, tan fuertes…¡Yo no sé!

Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,

la resaca de todo lo sufrido

se empozara en el alma…¡Yo no sé!

Son pocos; pero son… Abren zanjas oscuras

en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.

Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas;

o los heraldos negros que nos manda la Muerte.

Son las caídas hondas de los Cristos del alma

de alguna fe adorable que el Destino blasfema.

Esos golpes sangrientos son las crepitaciones

de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.

Y el hombre… Pobre… ¡pobre! Vuelve los ojos, como

cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;

vuelve los ojos locos, y todo lo vivido

se empoza, como charco de culpa, en la mirada.

Hay golpes en la vida, tan fuertes… ¡Yo no sé!

Poema XX

Autor: Pablo Neruda

Puedo escribir los versos más tristes esta noche.

Escribir, por ejemplo: “La noche está estrellada, 
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos”.

El viento de la noche gira en el cielo y canta.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.

En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.

Ella me quiso, a veces yo también la quería. 
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.

Puedo escribir los versos más tristes esta noche. 
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.

Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella. 
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.

Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. 
La noche está estrellada y ella no está conmigo.

Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. 
Mi alma no se contenta con haberla perdido.

Como para acercarla mi mirada la busca. 
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.

La misma noche que hace blanquear los mismos 
           árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.

Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. 
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.

De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.

Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.

Porque en noches como ésta la tuve entre mis
          brazos,
mi alma no se contenta con haberla perdido.

Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.

Oda a Rubén Darío

Autor: José Coronel Urtecho

(Acompañamiento de papel de lija)

Burlé tu león de cemento al cabo.

Tú sabes que mi llanto fue de lágrimas,

i no de perlas. Te amo.

Soy el asesino de tus retratos.

Por vez primera comimos naranjas.

Il n’y a pas de chocolat —dijo tu ángel de la guarda.

Ahora podías perfectamente

mostrarme tu vida por la ventana

como unos cuadros que nadie ha pintado.

Tu vestido de emperador, que cuelga

de la pared, bordado de palabras,

cuánto más pequeño que ese pajama

con que duermes ahora,

que eres tan sólo un alma.

Yo te besé las manos.

“Stella —tú hablabas contigo mismo—

llegó por fin después de la parada”,

i no recuerdo qué dijiste luego.

Sé que reímos de ello.

(Por fin te dije: “Maestro, quisiera

ver el fauno”.

Mas tú: “Vete a un convento”).

Hablamos de Zorrilla. Tu dijiste:

“Mi padre” i hablamos de los amigos.

“Et le reste est literature” de nuevo

tu ángel impertinente.

Tú te exaltaste mucho.

“Literatura todo —el resto es esto”.

Entonces comprendimos la tragedia.

Es como el agua cuando

inunda un campo, un pueblo

sin alboroto i se entra

por las puertas i llena los salones

de los palacios —en busca de un cauce,

del mar, nadie sabe.

Tú que dijiste tantas veces “Ecce

Homo” frente al espejo

i no sabías cuál de los dos era

el verdadero, si acaso era alguno.

(¿Te entraban deseos de hacer pedazos

el cristal?) Nada de esto

(mármol bajo el azul) en tus jardínes

—donde antes de morir rezaste al cabo—

donde yo me paseo con mi novia

i soy irrespetuoso con los cisnes.

II

(Acompañamiento de tambores)

He tenido una reyerta

con el Ladrón de tus Corbatas

(yo mismo cuando iba a la escuela),

el cual me ha roto tus ritmos

a puñetazos en las orejas…

Libertador, te llamaría,

si esto no fuera una insolencia

contra tus manos provenzales

(i el Cancionero de Baena)

en el “Clavicordio de la Abuela”

—tus manos, que beso de nuevo,

Maestro.

En nuestra casa nos reuníamos

para verte partir en globo

i tú partías en una galera

—después descubrimos que la luna

era una bicicleta—

y regresabas a la gran fiesta

de la apertura de tu maleta.

La Abuela se enfurecía

de tus sinfonías parisienses,

i los chicuelos nos comíamos

tus peras de cera.

(Oh tus sabrosas frutas de cera)

Tú comprendes.

Tú que estuviste en el Louvre,

entre los mármoles de Grecia,

y ejecutaste una marcha

a la Victoria de Samotracia,

tú comprendes por qué te hablo

como una máquina fotográfica

en la plaza de la Independencia

de las Cosmópolis de América,

donde enseñaste a criar Centauros

a los ganaderos de las Pampas.

Porque, buscándome en vano

entre tus cortinajes de ensueño,

he terminado por llamarte

“Maestro, maestro”,

donde tu música suntuosa

es la armonía de tu silencio…

(¿Por qué has huido, maestro?)

(Hay unas gotas de sangre

en tus tapices).

Comprendo.

Perdón. Nada ha sido.

Vuelvo a la cuerda de mi contento.

¿Rubén? Sí. Rubén fue un mármol

griego. (¿No es esto?)

“All’s right with the world”, nos dijo

con su prosaísmo soberbio

nuestro querido sir Roberto

Browning. Y es cierto.

FINAL

(Con pito)

En fin, Rubén,

paisano inevitable, te saludo

con mi bombín,

que se comieron los ratones en

mil novecientos veinte i cin-

co. Amén.

¡Qué Lástima!

Autor: León Felipe

Qué lástima
que yo no pueda cantar a la usanza
de este tiempo lo mismo que los poetas que hoy cantan!
¡Qué lástima
que yo no pueda entonar con una voz engolada
esas brillantes romanzas
a las glorias de la patria!
¡Qué lástima 
que yo no tenga una patria!
Sé que la historia es la misma, la misma siempre, que pasa
desde una tierra a otra tierra, desde una raza
a otra raza,
como pasan
esas tormentas de estío desde esta a aquella comarca.
¡Qué lástima
que yo no tenga comarca,
patria chica, tierra provinciana!
Debí nacer en la entraña
de la estepa castellana
y fui a nacer en un pueblo del que no recuerdo nada;
pasé los días azules de mi infancia en Salamanca,
y mi juventud, una juventud sombría, en la Montaña.
Después… ya no he vuelto a echar el ancla,
y ninguna de estas tierras me levanta
ni me exalta
para poder cantar siempre en la misma tonada
al mismo río que pasa
rodando las mismas aguas,
al mismo cielo, al mismo campo y en la misma casa.
¡Qué lástima
que yo no tenga una casa!
Una casa solariega y blasonada,
una casa
en que guardara,
a más de otras cosas raras,
un sillón viejo de cuero, una mesa apolillada
(que me contaran
viejas historias domésticas como a Francis Jammes y a Ayala)
y el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla.
¡Qué lástima
que yo no tenga un abuelo que ganara
una batalla,
retratado con una mano cruzada
en el pecho, y la otra en el puño de la espada!
Y, ¡qué lástima 
que yo no tenga siquiera una espada!
Porque… ¿Qué voy a cantar si no tengo ni una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón viejo de cuero, ni una mesa, ni una espada?
¡Qué voy a cantar si soy un paria
que apenas tiene una capa!

Sin embargo…
en esta tierra de España
y en un pueblo de la Alcarria
hay una casa
en la que estoy de posada
y donde tengo, prestadas,
una mesa de pino y una silla de paja.
Un libro tengo también. Y todo mi ajuar se halla
en una sala
muy amplia
y muy blanca
que está en la parte más baja
y más fresca de la casa.
Tiene una luz muy clara
esta sala
tan amplia
y tan blanca…
Una luz muy clara
que entra por una ventana
que da a una calle muy ancha.
Y a la luz de esta ventana
vengo todas las mañanas.
Aquí me siento sobre mi silla de paja
y venzo las horas largas
leyendo en mi libro y viendo cómo pasa
la gente a través de la ventana.
Cosas de poca importancia
parecen un libro y el cristal de una ventana
en un pueblo de la Alcarria,
y, sin embargo, le basta
para sentir todo el ritmo de la vida a mi alma.
Que todo el ritmo del mundo por estos cristales pasa
cuando pasan
ese pastor que va detrás de las cabras
con una enorme cayada,
esa mujer agobiada
con una carga
de leña en la espalda,
esos mendigos que vienen arrastrando sus miserias, de Pastrana,
y esa niña que va a la escuela de tan mala gana.
¡Oh, esa niña! Hace un alto en mi ventana
siempre y se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
¡Qué gracia
tiene su cara
en el cristal aplastada
con la barbilla sumida y la naricilla chata!
Yo me río mucho mirándola
y la digo que es una niña muy guapa…
Ella entonces me llama
¡tonto!, y se marcha.
¡Pobre niña! Ya no pasa
por esta calle tan ancha
caminando hacia la escuela de muy mala gana,
ni se para
en mi ventana,
ni se queda a los cristales pegada
como si fuera una estampa.
Que un día se puso mala,
muy mala,
y otro día doblaron por ella a muerto las campanas.

Y en una tarde muy clara,
por esta calle tan ancha,
al través de la ventana,
vi cómo se la llevaban
en una caja
muy blanca…
En una caja
muy blanca
que tenía un cristalito en la tapa.
Por aquel cristal se la veía la cara
lo mismo que cuando estaba
pegadita al cristal de mi ventana…
Al cristal de esta ventana
que ahora me recuerda siempre el cristalito de aquella caja
tan blanca.
Todo el ritmo de la vida pasa
por el cristal de mi ventana…
¡Y la muerte también pasa!

¡Qué lástima
que no pudiendo cantar otras hazañas,
porque no tengo una patria,
ni una tierra provinciana,
ni una casa
solariega y blasonada,
ni el retrato de un mi abuelo que ganara
una batalla,
ni un sillón de viejo cuero, ni una mesa, ni una espada,
y soy un paria
que apenas tiene una capa…
venga, forzado, a cantar cosas de poca importancia!

El sueño

Autor: Jorge Luís Borges.

Si el sueño fuera (como dicen) una

tregua, un puro reposo de la mente,

¿por qué, si te despiertan bruscamente,

sientes que te han robado una fortuna?

¿Por qué es tan triste madrugar? La hora

nos despoja de un don inconcebible,

tan íntimo que solo es traducible

en un sopor que la vigilia dora

de sueños, que bien pueden ser reflejos

truncos de los tesoros de la sombra,

de un orbe intemporal que no se nombra

y que el día deforma en sus espejos.

¿Quién serás esta noche en el oscuro

sueño, del otro lado de su muro?

Elogio de la sombra (fragmento)

Autor: Jorge Luis Borges.

La vejez (tal es el nombre que los otros le dan)

puede ser el tiempo de nuestra dicha.

El animal ha muerto o casi ha muerto.

Quedan el hombre y su alma.

Vivo entre formas luminosas y vagas

que no son aún la tiniebla.

Buenos Aires,

que antes se desgarraba en arrabales

hacia la llanura incesante,

ha vuelto a ser la Recoleta, el Retiro,

las borrosas calles del Once

y las precarias casas viejas

que aún llamamos el Sur.

Siempre en mi vida fueron demasiadas las cosas;

Demócrito de Abdera se arrancó los ojos para pensar;

el tiempo ha sido mi Demócrito.

Esta penumbra es lenta y no duele;

fluye por un manso declive

y se parece a la eternidad.

La rueda del hambriento (fragmento)

Autor: Cesar Vallejo.

Por entre mis propios dientes salgo humeando,

dando voces, pujando,

bajándome los pantalones…

Váca mi estómago, váca mi yeyuno,

la miseria me saca por entre mis propios dientes,

cogido con un palito por el puño de la camisa.

Una piedra en que sentarme

¿no habrá ahora para mi?

Aún aquella piedra en que tropieza la mujer que ha dado a luz,

la madre del cordero, la causa, la raiz,

¿ésa no habrá ahora para mi?

¡Siquiera aquella otra,

que ha pasado agachándose por mi alma!

Siquiera la calcárida o la mala (humilde océano)

o la que ya no sirve ni para ser tirada contra el hombre

ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la que hallaren atravesada y sola en un insulto,

ésa dádmela ahora para mí!

Siquiera la torcida y coronada, en que resuena

solamente una vez el andar de las rectas conciencias,

o, al menos, esa otra, que arrojada en digna curva,

va a caer por sí misma,

en profesión de entraña verdadera,

¡ésa dádmela ahora para mí!…

Mariposa

Autor: Nicolás Guillén.

Quisiera hacer un verso que tuviera

ritmo de Primavera;

que fuera como una fina mariposa rara,

como una mariposa que volara

sobre tu vida, y cándida y ligera

revolara sobre tu cuerpo cálido

de cálida palmera

y al fin su vuelo absurdo reposara

–tal como en una roca azul de la pradera–

sobre la linda rosa de tu cara…

Quisiera hacer un verso que tuviera

toda la fragancia de la Primavera

y que cual una mariposa rara revolara

sobre tu vida, sobre tu cuerpo, sobre tu cara.

Cómo no ser romántico y Siglo XIX

Autor: Nicolás Guillén.

Cómo no ser romántico y Siglo XIX,

no me da pena,

cómo no ser Musset

viéndola esta tarde

tendida casi exangüe,

hablando desde lejos,

lejos de allá del fondo de ella misma,

de cosas leves, suaves, tristes.

Los shorts bien shorts

permiten ver sus detenidos muslos

casi poderosos,

pero su enferma blusa pulmonar

convaleciente

tanto como su cuello-fino-Modigliani,

tanto como su piel-margarita-trigo-claro,

Margarita de nuevo ( así preciso ),

en la chaise-longue ocasional tendida

ocasional junto al teléfono,

me devuelven un busto transparente

( Nada, no más un poco de cansancio ).

Es sábado en la calle, pero en vano.

Ay, cómo amarla de manera

que no se me quebrara

de tan espuma tan soneto y madrigal,

me voy no quiero verla,

de tan Musset y siglo XIX

cómo no ser romántico.

El espejo de agua

Autor: Vicente Huidobro.

Mi espejo, corriente por las noches,

Se hace arroyo y se aleja de mi cuarto.

Mi espejo, más profundo que el orbe

Donde todos los cisnes se ahogaron.

Es un estanque verde en la muralla

Y en medio duerme tu desnudez anclada.

Sobre sus olas, bajo cielos sonámbulos,

Mis ensueños se alejan como barcos.

De pie en la popa siempre me veréis cantando.

Una rosa secreta se hincha en mi pecho

Y un ruiseñor ebrio aletea en mi dedo.

Poema 18 (fragmento)

Autor: Vicente Huidobro.

Heme aquí al borde del espacio y lejos de las circunstancias

Me voy tiernamente como una luz

Hacia el camino de las apariencias

Volveré a sentarme en las rodillas de mi padre

Una hermosa primavera refrescada por el abanico de las alas

Cuando los peces deshacen la cortina del mar

Y el vacío se hincha por una mirada posible

Volveré sobre las aguas del cielo

Me gusta viajar como el barco del ojo

que va y viene en cada parpadeo

he tocado ya seis veces el umbral

del infinito que encierra el viento

Nada en la vida

salvo un grito de antesala

nerviosas oceánicas qué desgracia nos persigue

en la urna de las flores impacientes

se encuentran las emociones en ritmo definido

Soy todo el hombre

El hombre herido por quién sabe quién

Por una flecha perdida del caos

Humano terreno desmesurado

Sí desmesurado y lo proclamo sin miedo

Desmesurado porque no soy burgués ni raza fatigada

Soy bárbaro tal vez

Desmesurado enfermo

Bárbaro limpio de rutinas y caminos marcados

No acepto vuestras sillas de seguridades cómodas…

Primavera a la Vista

Autor: Octavio Paz.

Pulida claridad de piedra diáfana,

lisa frente de estatua sin memoria:

cielo de invierno, espacio reflejado

en otro más profundo y más vacío.

El mar respira apenas, brilla apenas.

Se ha parado la luz entre los árboles,

ejército dormido. Los despierta

el viento con banderas de follajes.

Nace del mar, asalta la colina,

oleaje sin cuerpo que revienta

contra los eucaliptos amarillos

y se derrama en ecos por el llano.

El día abre los ojos y penetra

en una primavera anticipada.

Todo lo que mis manos tocan, vuela.

Está lleno de pájaros el mundo.

La Rama

Autor: Octavio Paz.

Canta en la punta del pino

un pájaro detenido,

trémulo, sobre su trino.

Se yergue, flecha, en la rama,

se desvanece entre alas

y en música se derrama.

El pájaro es una astilla

que canta y se quema viva

en una nota amarilla.

Alzo los ojos: no hay nada.

Silencio sobre la rama,

sobre la rama quebrada.

Y el pan nuestro

Autor: Juan Carlos Onetti.

Sólo conozco de ti

la sonrisa gioconda

con labios separados

el misterio

mi terca obsesión

de desvelarlo

y avanzar porfiado

y sorprendido

tanteando tu pasado

Sólo conozco

la dulce leche de tus dientes

la leche plácida y burlona

que me separa

y para siempre

del paraíso imaginado

del imposible mañana

de paz y dicha silenciosa

de abrigo y pan compartido

de algún objeto cotidiano

que yo pudiera llamar

nuestro.

Balada del ausente

Autor: Juan Carlos Onetti.

Entonces no me des un motivo por favor

No le des conciencia a la nostalgia,

La desesperación y el juego.

Pensarte y no verte

Sufrir en ti y no alzar mi grito

Rumiar a solas, gracias a ti, por mi culpa,

En lo único que puede ser

Enteramente pensado

Llamar sin voz porque Dios dispuso

Que si Él tiene compromisos

Si Dios mismo le impide contestar

Con dos dedos el saludo

Cotidiano, nocturno, inevitable

Es necesario aceptar la soledad,

Confortarse hermanado

Con el olor a perro, en esos días húmedos del sur,

En cualquier regreso

En cualquier hora cambiable del crepúsculo

Tu silencio…

Viñetas flamencas

Autor: Juan Carlos Onetti.

A Manuel Torres

“Niño de Jerez”

que tiene tronco de faraón

Retrato de Silverio

Franconetti

Entre italiano

y flamenco,

¿cómo cantaría

aquel Silverio?

La densa miel de Italia

con el limón nuestro,

iba en el hondo llanto

del siguiriyero.

Su grito fue terrible.

Los viejos

dicen que se erizaban

los cabellos,

y se abría el azogue

de los espejos.

Pasaba por los tonos

sin romperlos.

Y fue un creador

y un jardinero.

Un creador de glorietas

para el silencio.

Ahora su melodía

duerme con los ecos.

Definitiva y pura

¡Con los últimos ecos!

Norma y paraíso de los negros

Autor: Federico García Lorca.

Odian la sombra del pájaro

sobre el pleamar de la blanca mejilla

y el conflicto de luz y viento

en el salón de la nieve fría.

Odian la flecha sin cuerpo,

el pañuelo exacto de la despedida,

la aguja que mantiene presión y rosa

en el gramíneo rubor de la sonrisa.

Aman el azul desierto,

las vacilantes expresiones bovinas,

la mentirosa luna de los polos.

la danza curva del agua en la orilla.

Con la ciencia del tronco y el rastro

llenan de nervios luminosos la arcilla

y patinan lúbricos por aguas y arenas

gustando la amarga frescura de su milenaria saliva…

Alba

Autor: Federico García Lorca.

Mi corazón oprimido

siente junto a la alborada

el dolor de sus amores

y el sueño de las distancias.

La luz de la aurora lleva

semillero de nostalgias

y la tristeza sin ojos

de la médula del alma.

La gran tumba de la noche

su negro velo levanta

para ocultar con el día

la inmensa cumbre estrellada.

¡Qué haré yo sobre estos campos

cogiendo nidos y ramas,

rodeado de la aurora

y llena de noche el alma!

¡Qué haré si tienes tus ojos

muertos a las luces claras

y no ha de sentir mi carne

el calor de tus miradas!

¿Por qué te perdí por siempre

en aquella tarde clara?

Hoy mi pecho está reseco

como una estrella apagada.

Cada canción

Autor: Federico García Lorca.

Cada canción

es un remanso

del amor.

Cada lucero,

un remanso

del tiempo.

Un nudo

del tiempo.

Y cada suspiro

un remanso

del grito.

Por siempre

Autor: Mario Benedetti.

Poema para un amor eterno.

Si la esmeralda se opacara, si el oro perdiera su color, entonces, se acabaría nuestro amor.

Si el sol no calentara, si la luna no existiera, entonces, no tendría sentido vivir en esta tierra, como tampoco tendría sentido vivir sin mi vida, la mujer de mis sueños, la que me da la alegría…

Si el mundo no girara o el tiempo no existiese, entonces, jamás moriría, tampoco nuestro amor…

Pero el tiempo no es necesario, nuestro amor es eterno, no necesitamos del sol de la luna o los astros para seguir amándonos…

Si la vida fuera otra y la muerte llegase, entonces, te amaría hoy, mañana… por siempre… todavía.

Hagamos un trato

Autor: Mario Benedetti.

Un poema irresistible para confesar un amor desinteresado.

Compañera usted sabe que puede contar conmigo, no hasta dos o hasta diez, sino contar conmigo.

Si alguna vez advierte que a los ojos la miro y una veta de amor reconoce en los míos, no alerte sus fusiles, ni piense que deliro.

A pesar de esa veta de amor desprevenido, usted sabe que puede contar conmigo.

Pero hagamos un trato nada definitivo, yo quisiera contar con usted.

Es tan lindo saber que usted existe, uno se siente vivo.

Quiero decir contar hasta dos hasta cinco, no ya para que acuda presurosa en mi auxilio, sino para saber y así quedar tranquilo, que usted sabe que puede contar conmigo.

Al pie desde su niño (fragmento)

Autor: Pablo Neruda.

El pie del niño aún no sabe que es pie,

y quiere ser mariposa o manzana.

Pero luego los vidrios y las piedras,

las calles, las escaleras,

y los caminos de la tierra dura

van enseñando al pie que no puede volar,

que no puede ser fruto redondo en una rama.

El pie del niño entonces

fue derrotado, cayó

en la batalla,

fue prisionero,

condenado a vivir en un zapato.

Poco a poco sin luz

fue conociendo el mundo a su manera,

sin conocer el otro pie, encerrado,

explorando la vida como un ciego…

Amor

Autor: Pablo Neruda.

Mujer, yo hubiera sido tu hijo, por beberte

la leche de los senos como de un manantial,

por mirarte y sentirte a mi lado y tenerte

en la risa de oro y la voz de cristal.

Por sentirte en mis venas como Dios en los ríos

y adorarte en los tristes huesos de polvo y cal,

porque tu ser pasara sin pena al lado mío

y saliera en la estrofa -limpio de todo mal-.

Cómo sabría amarte, mujer, cómo sabría

amarte, amarte como nadie supo jamás!

Morir y todavía

amarte más.

Y todavía

amarte más

y más. 

El amor que calla

Autor: Gabriela Mistral.

Si yo te odiara, mi odio te daría

En las palabras, rotundo y seguro;

¡Pero te amo y mi amor no se confía

A este hablar de los hombres tan oscuro!

Tú lo quisieras vuelto un alarido,

Y viene de tan hondo que ha deshecho

Su quemante raudal, desfallecido,

Antes de la garganta, antes del pecho.

Estoy lo mismo que estanque colmado

Y te parezco un surtidor inerte.

¡Todo por mi callar atribulado

Que es más atroz que entrar en la muerte!

Guitarra

Autor: Nicolás Guillén

Tendida en la madrugada,
la firme guitarra espera:
voz de profunda madera
desesperada.

Su clamorosa cintura,
en la que el pueblo suspira,
preñada de son, estira
la carne dura.
¿Arde la guitarra sola?
mientras la luna se acaba;
arde libre de su esclava
bata de cola.

Dejó al borracho en su coche,
dejó el cabaret sombrío,
donde se muere de frío,
noche tras noche,

y alzó la cabeza fina,
universal y cubana,
sin opio, ni mariguana,
ni cocaína.

¡Venga la guitarra vieja,
nueva otra vez al castigo
con que la espera el amigo,
que no la deja!

Alta siempre, no caída,
traiga su risa y su llanto,
clave las uñas de amianto
sobre la vida.

Cógela tú, guitarrero,
límpiale de alcohol la boca,
y en esa guitarra, toca
tu son entero.

El son del querer maduro,
tu son entero;
el del abierto futuro,
tu son entero;
el del pie por sobre el muro,
tu son entero. . .

Cógela tú, guitarrero,
límpiale de alcohol la boca,
y en esa guitarra, toca
tu son entero.

Poema de clase media

Autor: Mario Benedetti

Clase media
medio rica
medio culta
entre lo que cree ser y lo que es
media una distancia medio grande
Desde el medio mira medio mal
a los negritos
a los ricos a los sabios
a los locos
a los pobres
Si escucha a un Hitler
medio le gusta
y si habla un Che
medio también
En el medio de la nada
medio duda
como todo le atrae (a medias)
analiza hasta la mitad
todos los hechos
y (medio confundida) sale a la calle con media cacerola
entonces medio llega a importar
a los que mandan (medio en las sombras)
a veces, solo a veces, se dá cuenta (medio tarde)
que la usaron de peón
en un ajedrez que no comprende
y que nunca la convierte en Reina
Así, medio rabiosa
se lamenta (a medias)
de ser el medio del que comen otros
a quienes no alcanza a entender
ni medio.

Ha girado

Autor: Tristan Tzara

Ha girado en torno al faro el nimbo de los pájaros azules
en las mitades de la oscuridad taladrando la lejanía de los barcos
y se han caído al agua cual cenizas de arcángeles

Se ha alterado el pan y la flor
En las leproserías yacen como gavillas nuestros amigos
Tú sigues cosiendo sola pensamientos para tu hijo

Solamente el tren arrastra sus vapores
Animal malherido que corre, destripado.

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Referencias

  1. Historia de la literatura moderna. Recuperado de es.wikipedia.org.
  2. Poesía de vanguardia. Recuperado de educ.ar.
  3. Principales poetas vanguardistas del siglo XX. Recuperado de timetoast.com.
  4. Poemas Vanguardistas. Recuperado de mispoemasde.com.
  5. Poesía de Vanguardia del siglo XX. Recuperado de estudiaraprender.com.
  6. Vanguardia, Transformación Total. Recuperado de vanguardistasecuador.blogspot.com.ar
  7. Neruda. Recuperado de Neruda.uchile.cl.
  8. Oda a Rubén Darío. Recuperado de poesi.as.
  9. Ciudad se va (s/f). Cada canción. Recuperado de: ciudadseva.com
  10. Federico García Lorca (s/f). Poeta en Nueva York. Recuperado de: federicogarcialorca.net