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Imperio

Te explicamos qué es un imperio y las características de los imperios romano, carolingio, romano germánico, bizantino y otomano.

¿Qué es un imperio?

Un imperio es una organización política en la que el Estado expande su territorio constantemente. A través del poder militar, un imperio se anexa a otras naciones y Estados, a los cuales impone una lengua, una cultura y/o un ejercicio económico de acuerdo a los intereses y conveniencias de la metrópoli, o sea, estableciendo a su paso colonias o territorios dependientes.

En los imperios el poder político solía recaer en manos de un emperador u otro tipo de monarca, especialmente en los de la antigüedad. De hecho, la palabra latina imperium es la que da origen al término, aunque era empleada en la Antigua Roma como sinónimo de “poder público” o de “mando”, algo similar a “soberanía”.

Sin embargo, los romanos usaban el título de imperator (“emperador”) para aquellos gobernantes a los que la República Romana otorgaba poderes absolutos sobre las legiones romanas y la vida política. Desde el reinado de Augusto (entre el 27 a. C. y el 14 d. C.), considerado el primer emperador romano, dichos poderes nunca cesaron, pasando la República a convertirse en un Imperio.

Hubo muchos imperios antes y después del Imperio Romano, y casi todos compartieron sus características esenciales de expansionismo militar y colonización de pueblos distintos, imposición de la lengua y religión propia, y explotación económica de los conquistados.

Aun así, se suele distinguir entre:

  • Imperios antiguos o de la antigüedad, de régimen económico esclavista.
  • Imperios modernos, fundamentalmente occidentales, surgidos durante la época de exploración geográfica y descubrimientos científicos que experimentó Europa entre el siglo XV y el siglo XIX, conocida también como la época del imperialismo.

Estas potencias, a las que posteriormente se sumaron los Estados Unidos, colonizaron buena parte de América, África y Asia. Así expandieron su lengua y su cultura, además de acumular los bienes y materiales necesarios para emprender la industrialización y modernización de sus economías capitalistas.

Los imperios, de acuerdo a estudiosos como el israelí Yuval Noah Harari (1976-), poseyeron una enorme importancia histórica como entidades concentradoras del poder político y económico, que unificaron y uniformaron distintas poblaciones humanas, permitiendo la construcción de estructuras mayores.

Ello, desde luego, con un costo gigantesco en vidas humanas y en la propia cultura de los colonizados, que en el mejor de los casos pasaba a ocupar un lugar residual, minoritario, dentro de la cultura imperial dominante.

A continuación, revisaremos algunos de los más importantes imperios de la historia europea.

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El Imperio Romano

Se conoce como Imperio Romano al tercero de los períodos históricos de la antigua civilización romana, caracterizado por un ejercicio autocrático –dictatorial- del poder. Bajo el mando de distintos emperadores, expandió su territorio hasta abarcar desde el océano Atlántico hasta el mar Caspio, y desde el golfo Pérsico y el mar rojo, hasta los ríos Rin y Danubio, cubriendo una superficie total de 6,5 millones de kilómetros cuadrados.

De esa manera, el Imperio Romano es considerado uno de los mayores y más importantes imperios de la historia de Occidente y del mundo. Fue responsable de la expansión del latín (y por ende del nacimiento de las lenguas romances) y de la fundación de muchas de las grandes ciudades europeas como Londres (Londinium), Milán (Mediolanum), Viena (Vindobonna) o Lyon (Lugdunum), entre otras.

Además, en su seno, profundamente multicultural y diverso, nació y se popularizó el cristianismo, religión que luego dominó toda la Europa medieval.

La caída del Imperio Romano se debió a las dificultades propias de gobernar un territorio tan extenso, que hicieron propicia la corrupción y la ineficiencia de las instituciones imperiales. A esto se sumó el debilitamiento del imperio debido a la división de su territorio y poder en dos regiones:

  • El Imperio Romano de Occidente (27 a. C. – 476 d. C.), que cayó bajo las invasiones de los bárbaros germánicos, dando nacimiento a los diversos reinos cristianos europeos.
  • El Imperio Romano de Oriente (395-1453), mejor conocido como el Imperio Bizantino, que sobrevivió casi 1000 años a su hermano occidental, pero finalmente cayó ante el Imperio Otomano.

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El Imperio Carolingio

Lo que se conoce como el Imperio Carolingio fue un reino franco conducido por la dinastía carolingia, y que existió en buena parte de Europa occidental entre los siglos VIII y IX. Formó parte de los diversos intentos por restaurar la gloria del extinto Imperio Romano de Occidente, y tuvo como inicio la coronación de Carlomagno (c. 742-814), rey de los francos y los lombardos, como un nuevo emperador romano en el año 800.

En su apogeo, el Imperio Carolingio controló un territorio europeo de más de un millón de kilómetros cuadrados y una población de diez a veinte millones de personas, en los territorios de las actuales naciones de Francia, Alemania, Austria, Suiza, Bélgica, Holanda y el norte de Italia. Fue un Estado de corte cristiano católico, que tuvo buenas relaciones con el papado romano.

Este imperio fue escenario de un renacimiento cultural importante conocido como el Renacimiento Carolingio. Sin embargo, el orden político dependía excesivamente de la fidelidad de los nobles feudales europeos, quienes tras la muerte de Carlomagno se rebelaron contra la corona de su hijo Ludovico Pío o “el Piadoso” (778-840), sumergiendo el Imperio en el conflicto.

Tras su disgregación, dos nuevos reinos se repartieron el territorio: el Reino de Francia en el oeste, y el Sacro Imperio Romano Germánico en el este, tras la firma del Tratado de Verdún de 843.

El Sacro Imperio Romano Germánico

Tras la caída y disolución del Imperio Carolingio, surgió en los territorios de Europa occidental y central el Sacro Imperio Romano Germánico, conocido también como Primer Reich o Imperio Antiguo germánico, gobernado por el emperador romano germánico desde el término de la Edad Media hasta la Edad Contemporánea (962-1806).

Se trató de un Estado supranacional, de fronteras muy cambiantes durante su casi un milenio de historia, que intentaba preservar el prestigio del Imperio Carolingio bajo el mando de la dinastía sajona. Este Estado católico fue escenario de la Reforma protestante y de la crisis que trajo consigo, pues al resquebrajarse la unidad religiosa del imperio, no tardaron en aparecer los enemigos internos.

La Guerra de los treinta años (1618-1648) supuso el enfrentamiento de las facciones reformistas y contrarreformistas en el seno del Imperio. En este conflicto intervinieron las potencias vecinas, quedándose a menudo con partes del territorio en disputa.

Así, cuando la Paz de Westfalia y la Paz de los Pirineos pusieron fin al conflicto, los territorios alemanes estaban arrasados y su gente sufrió importantes hambrunas, reduciendo la población total del imperio en un 30%. De este modo, el Sacro Imperio Romano Germánico no llegó nunca a ser un Estado moderno, a pesar de que dominó en el siglo XVI prácticamente toda Europa central y distintas porciones de la Europa del sur.

Sin embargo, funcionó como una entidad de pacificación de la región hasta su entrada en la Edad Moderna y hacia el siglo XVIII inició su notorio declive. Incapaz de hacer frente a la expansión napoleónica, el imperio desapareció tras la renuncia al trono de Francisco II de Habsburgo-Lorena (1768-1835), quien desde entonces pasó a ser emperador de Austria únicamente.

El Imperio Bizantino

Lo que llamamos Imperio Bizantino o Bizancio, realmente era el Imperio Romano de Oriente, nacido en 395, con la división del territorio romano. Pero mientras la capital del Imperio occidental era Roma, la capital bizantina era Bizancio, renombrada Constantinopla por el emperador Constantino, y actualmente llamada Estambul, una importante ciudad de la Tracia griega fundada en el 650 a. C.

Mientras la cultura del imperio occidental era latina, la del Imperio Bizantino fue fundamentalmente griega, razón por la cual adoptó una identidad propia durante el Medioevo y el Renacimiento.

De hecho, la población de Bizancio era multiétnica, hablaba griego y estaba conformada mayormente por ortodoxos, de modo que eran un bastión cristiano entre sus naciones musulmanas vecinas. Jamás se llamaron a sí mismos bizantinos, ni el Estado se conoció como Imperio Bizantino, pues dichos términos son fruto de historiadores posteriores, del siglo XVI.

En cambio, los bizantinos se llamaban a sí mismos romioi, o sea, residentes de Romania, y posteriormente helenoi o graekos: esto es, se consideraban un pueblo griego cristiano con ciudadanía romana.

Cuando se produjo la caída de Bizancio en el siglo XV, ya habían experimentado una época de apogeo territorial (siglo VI) durante el reinado de Justiniano, quien intentó y casi consiguió restaurar las fronteras del Imperio Romano original.

Sin embargo, a ello siguieron siglos de crisis profunda y luchas intestinas, que condujeron a la pérdida gradual de territorio y a profundas transformaciones culturales. Así, a partir del año 1056 el imperio inició su declive y tuvo lugar una lenta agonía militar frente a los turcos selyúcidas, quienes finalmente conquistaron Constantinopla en 1453, poniendo así fin a la corona bizantina para siempre.

El Imperio Otomano

También conocido como Imperio Turco Otomano, el Imperio Otomano fue un poderoso Estado multiétnico y multiconfesional, gobernado primero por la dinastía selyúcida y luego por sus herederos, la dinastía osmanlí.

Estos pueblos condujeron lo que era uno de los más pequeños estados del Asia Central, el Turkestán, habitado por ganaderos seminómadas de religión islámica suní, hasta convertirse en una de las más sólidas potencias políticas y militares de la región. Fue responsable tanto de la caída del Califato Abasí, de cuyas entrañas surgieron, como de sus grandes rivales, el Imperio Bizantino.

Los inicios del Imperio Otomano se remontan al primer sultanato turco, cuyo territorio fue cedido por los selyúcidas a Ertugrul (1198-1281), considerado como el fundador del Imperio. Se trataba de un principado pequeño e insignificante, de capital Sögüt, que al pasar a manos de su hijo el bey Osman I inició un proceso de expansión militar que lo transformaría más adelante en un imperio que duró siete siglos.

Soportando las presiones del Imperio Mongol, y venciendo en occidente a sus enemigos bizantinos, húngaros, romanos, germanos y mamelucos egipcios, entre otros, el Imperio Otomano alcanzó su máxima expresión territorial entre los siglos XVI y XVII, controlando parte de tres continentes:

  • El sureste europeo: Bulgaria, Serbia y la antigua Bizancio.
  • El Medio Oriente: Irán, Irak, y todas las costas mediterráneas y del mar Rojo.
  • El Norte de África: Egipto, Túnez, Libia y parte de Marruecos).

En ese sentido, fue el sucesor islámico de los grandes imperios de la Antigüedad. Sin embargo, la decadencia del Imperio Otomano comenzó tras el revés sufrido en la Gran Guerra Turca de 1683, en la que fracasó un nuevo asalto a Viena, defendida por los ejércitos unificados de diversos de los reinados cristianos europeos.

A partir de entonces, las pérdidas territoriales, la desmoralización del ejército y los conflictos internos debilitaron al Imperio hasta que entre 1789 y 1914 hubo un período de restructuración y reforma, interrumpido sin embargo por la participación turca en la Primera Guerra Mundial.

Aliado de Alemania y la Triple Alianza, el desempeño del Imperio Otomano en la guerra fue pésimo, a pesar de la continua asistencia alemana. Finalmente, la Rebelión Árabe de 1916, apoyada por Gran Bretaña, le infringió al Imperio su herida mortal, haciéndolo desplomarse en el caos. En 1922 el sultanato fue abolido y surgió la primera República de Turquía, a manos del presidente Kemal Atatürk (1881-1938).

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Referencias