Ejemplos de
Narrador en Segunda Persona

Narrador en Segunda Persona

El narrador es el personaje, voz o ente que relata los acontecimientos que atraviesan los personas de una historia. Es el vínculo entre los sucesos que conforman la historia y sus lectores.

El narrador es el personaje, voz o ente que relata los acontecimientos que atraviesan los personajes de una historia. Puede o no ser un personaje de la historia y es a través de su relato y el ángulo desde el que mira los hechos que el lector interpreta y percibe los acontecimientos que conforman la historia.

Según la voz que utilice y el grado de implicancia con el relato, existen tres grandes tipos de narradores: narrador en primera persona; narrador en segunda persona y narrador en tercera persona.

El narrador en segunda persona es uno de los menos utilizados en la literatura y consiste en apelar constantemente al lector para hacerlo sentir protagonista de la historia. Para ello, siempre se usa el tiempo presente. Por ejemplo: Miraste el reloj y tu cara se desvaneció, cómo fue que el tiempo pasó tan rápido, te preguntaste, mientras corrías por la avenida, esquivando gente, y luchando contra tu corbata.

Tipos de narradores en segunda persona

Existen dos tipos de narradores en segunda persona:

  • Homodiegético. También conocido como “interno”, narra la historia desde la óptica de un protagonista o testigo de la historia. Su relato se limita a lo que sabe, sin conocer los pensamientos del resto de los personajes ni los acontecimientos en los que no estuvo presente.
  • Heterodiegético. También conocido como “externo”, se trata de un ente o dios que que narra la historia y, como no forma parte de ella, sabe todo lo que ocurre y conoce los pensamientos de los personajes. Es un narrador omnisciente, pero que utiliza la segunda persona en ciertos momentos para acercar al lector.

Ejemplos de narrador en segunda persona

Homodiegético

  1. Apenas entraste al salón, emanaste tu desprecio por todo el lugar. Como si el resto fuéramos poca cosa, tanto, que ni siquiera merecíamos respirar el mismo aire que tú. Ahora, cuando las papas queman, vienes y nos tratas como si fuésemos uno de los tuyos. La actuación nunca fue tu fuerte. Y una vez más, lo dejas en evidencia.
  2. Todavía recuerdo el día en que te conocí. Vestías de negro, como después supe, siempre hacías. Te costaba sostener la mirada, pero cuando lo hacías, se volvía difícil no intimidarse. Fumabas, sin parar, pero con estilo. Esa voz grave, hacía que hasta el mínimo comentario tuviera un toque de solemnidad.
  3. No sé para qué me pregunta por qué estoy aquí, si usted lo sabe mejor que yo. Lo sabe desde que me vio doblar la esquina, cuando seguramente se le paralizó el corazón, al darse cuenta de que lo había descubierto; que me había dado cuenta de que fui víctima de una estafa, de su estafa, y que ahora venía a cobrármelas. Su sonrisita fingida, que parece más bien una mueca mal actuada, y sus intentos por seguir haciendo lo que hacía, tomar un café que seguramente ya se enfrió y le revolverá el estómago más de lo que ya lo debe tener, no hacen más que confirmar que usted es un estafador y ni siquiera uno bueno, sino de pésima categoría.

Heterodiegético

  1. Te duele mirarte en el espejo cada mañana, y ver cómo esas arrugas avanzan y se apoderan de tu rostro. Tratas de ponerle un freno, con cremas y menjunjes que de nada sirven. Pero lo que más te duele no es que estén allí, que sigan allí; sino que, por culpa de ellas, tu carrera se va desvaneciendo y la línea de llegada se acerca. Se te van cerrando las puertas. Y cada mañana, llegas al estudio pensando que ese día, quizás sea tu último día delante de una cámara de TV. Y que mañana, quizás pasado, un rostro sin las marcas del paso del tiempo ocupará tu lugar. Y que ya nadie te recordará.
  2. Seguís preguntándote, mientras miras por la ventana, qué fue lo que pasó. Cómo fue que las ideas dejaron de fluir. Solías escribir como si las palabras se agolparan en tus dedos para plasmarlas en el papel casi sin pensarlo. Y ahora, no ves más que una hoja vacía, blanca, delante de ti.
  3. Una vez más, la clase dirigente te pide que seas solidario. Como si ya no lo fueras, pagando tus impuestos, en tiempo y forma; trabajando más de la cuenta para llegar a fin de mes y respetando la ley. ¿Qué ley? Esa, que “es igual para todos”. Pero resulta que hay algunos que son más iguales que otros, por lo que sus actos se miden con otra vara, distinta a la que aplican para ti y para el resto de los que son como tú; meros obreros de una fábrica en la que no eres más que un número, una pieza reemplazable. Y eso te enoja, te frustra. Pero lo que más te enfurece es que sabes que hoy, como cada día, seguirás comportándote como una oveja más del rebaño, y que jamás te rebelarás. Agarras tus llaves y monedas, y te vas a trabajar, como cada día, después de ver tu rostro desganado en ese viejo espejo con el que te afeitas.

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