Definición de víctima

Una víctima es una persona o animal que sufre un daño o perjuicio por culpa ajena o por una causa fortuita. Cuando el daño es ocasionado por una persona, ésta recibe el nombre de victimario. Por ejemplo: “El asalto al banco dejó como saldo una víctima fatal y dos heridos”, “Este niño es una víctima de un sistema que no da las mismas oportunidades a todas las personas”, “La víctima fue interrogada por el fiscal que trata de esclarecer el caso”.

La primera acepción del término (que tiene su origen en un vocablo latino de escritura similar) hace referencia al ser vivo (persona o animal) destinado al sacrificio. Sin embargo, cabe mencionar que este uso es el menos común en la actualidad, ya que la noción de víctima suele mencionar a la persona dañada por otro ser humano o por una fuerza mayor.

Omitir la posibilidad de que un animal pueda ser considerado una víctima tiene coherencia con la posición en la cual los seres humanos ubicamos al resto de la naturaleza: no es más que un simple recurso que alguien o algo puso a nuestra disposición, para que lo explotáramos sin piedad con el fin de satisfacer nuestras necesidades. Claro está, que lejos están las sociedades actuales de tomar del entorno solamente lo que necesitan para subsistir.

Los animales que nacen y son asesinados en un matadero son auténticas víctimas, aunque no nos denuncien, aunque no planeen una represalia contra sus torturadores. Son las víctimas perfectas, porque nadie las reconoce como tales, porque no se quejan y aceptan el abuso que los seres humanos les imponen. Los animales, las víctimas silenciosas, ven morir a sus hijos sin poder impedirlo, crecen en espacios reducidos que ninguna persona aguantaría sin enloquecer, comiendo y engordando, permitiendo manoseos, siendo sujetos de crueles experimentos. Todo esto ocurre desde hace décadas, sin interrupción, y la lengua quiere dejar de reconocerlos como víctimas.

Todas las personas que sufren un delito son víctimas de ese hecho, aunque hayan padecido distintos tipos de daño. La víctima puede haber sido asaltada sin ninguna consecuencia física (sólo le sustrajeron dinero u otros bienes), golpeada o lastimada en medio del robo (golpes de puño, heridas de arma blanca, balazos, etc.) o puede haber fallecido como consecuencia directa de la agresión. En este último caso, se habla de víctima fatal.

En un sentido más abstracto, una persona puede ser víctima de sus propias acciones, lo cual ocurre especialmente en individuos que padecen ciertos trastornos de la personalidad. Por diferentes motivos, algunas personas se conducen a sí mismas hacia el fracaso laboral o emocional, o se producen algún tipo de daño físico; si bien en todos los casos existen razones de fondo, generalmente relacionadas con experiencias traumáticas durante la infancia causadas por los mayores que debían cuidar de ellas, las consecuencias de dichas heridas del pasado se dan con o sin la presencia de los agresores originales.

Habitualmente, las víctimas de abusos sexuales o psicológicos intentan reproducir la sensación de sumisión y humillación que una vez sufrieron sin elección; esto no significa que se sometan a malos tratos similares a los recibidos durante las agresiones que generaron el trauma, pero sí buscan sentir nuevamente esa frustración, esa impotencia que les generó el abuso. De un modo similar, las víctimas pueden volverse victimarios de terceros, continuando con un ciclo perverso que se alimenta del sufrimiento de un inocente para intentar saciar a alguien que en algún punto de su vida también lo fue, y que nunca podrá volver a serlo.

Los desastres naturales también generan víctimas. Estos son los casos de fuerza mayor, donde, en principio, no se puede hacer nada para evitar el daño. Sin embargo, siempre hay formas concretas de minimizar las consecuencias de una eventual catástrofe natural (inundaciones, sequías, erupción de un volcán, sismo), aunque requieren de medios económicos y de voluntad política.

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