Lengua y literatura

50 poemas cortos y famosos de los mejores autores


La poesía es uno de los grandes placeres para los amantes de la lectura y el arte; es bella, significativa, transmite emociones y rítmica. Específicamente los poemas cortos difieren en algo importante de los más largos.

En los más cortos los poetas muestran que han elegido con más cuidado las palabras. De hecho, aunque parezca lo contrario, pueden ser más difíciles de crear debido a esta meticulosidad al elegir las rimas y palabras.

A continuación puedes encontrar algunos de los poemas cortos más bellos de la historia, con autores tan reconocidos como Francisco de Quevedo, Pablo Neruda, Octavio Paz, Rubén Dario, Jorge Luis Borges, entre otros.

“Amor eterno” (Gustavo Adolfo Bécquer)

Podrá nublarse el sol eternamente;

Podrá secarse en un instante el mar;

Podrá romperse el eje de la tierra

Como un débil cristal.

 

¡Todo sucederá! Podrá la muerte

Cubrirme con su fúnebre crespón;

Pero jamás en mí podrá apagarse

La llama de tu amor.

“Amor de tarde” (Mario Benedetti)

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cuatro

y acabo la planilla y pienso diez minutos

y estiro las piernas como todas las tardes

y hago así con los hombros para aflojar la espalda

y me doblo los dedos y les saco mentiras.

 

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las cinco

y soy una manija que calcula intereses

o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas

o un oído que escucha como ladra el teléfono

o un tipo que hace números y les saca verdades.

 

Es una lástima que no estés conmigo

cuando miro el reloj y son las seis.

Podrías acercarte de sorpresa

y decirme “¿Qué tal?” y quedaríamos

yo con la mancha roja de tus labios

tú con el tizne azul de mi carbónico.

“Rima XXIII” (Gustavo Adolfo Bécquer)

Por una mirada, un mundo;

por una sonrisa, un cielo;

por un beso… ¡Yo no sé

qué te diera por un beso!

“Desvelada” (Gabriela Mistral)

Como soy reina y fui mendiga, ahora

vivo en puro temblor de que me dejes,

y te pregunto, pálida, a cada hora:

«¿Estás conmigo aún? ¡Ay, no te alejes!»

 

Quisiera hacer las marchas sonriendo

y confiando ahora que has venido;

pero hasta en el dormir estoy temiendo

y pregunto entre sueños: «¿No te has ido?»

“Al oído de una muchacha” (Federico García Lorca)

No quise.

No quise decirte nada.

 

Vi en tus ojos

dos arbolitos locos.

De brisa, de risa y de oro.

Se meneaban.

No quise.

No quise decirte nada.

“¿Deseas que te amen?” (Edgar Allan Poe)

¿Deseas que te amen? No pierdas, pues,

el rumbo de tu corazón.

Solo aquello que eres has de ser

y aquello que no eres, no.

 

Así, en el mundo, tu modo sutil,

tu gracia, tu bellísimo ser,

serán objeto de elogio sin fin

y el amor… un sencillo deber.

“El amor” (Francisco Hernández)

El amor, rodeado casi siempre por un antojo

de olvido, avanza resuelto hacia las trampas

creadas para cazar osos con piel de leopardo

y serpientes con plumas de cóndor.

Y el amor sobrevive a las heridas y ruge,

voladora, la envidia de los venenosos.

“Quien alumbra” (Alejandra Pizarnik)

Cuando me miras

mis ojos son llaves,

el muro tiene secretos,

mi temor palabras, poemas.

Sólo tú haces de mi memoria

una viajera fascinada,

un fuego incesante.

“La voz” (Heberto Padilla)

No es la guitarra lo que alegra

o ahuyenta el miedo en la medianoche.

No es su bordón redondo y manso

como el ojo de un buey.

No es la mano que roza o se aferra a las cuerdas

buscando los sonidos,

sino la voz humana cuando canta

y propaga los ensueños del hombre.

“Son amigos” (Arjona Delia)

Amigos, los que te dan fuerza

cuando te encuentras oprimido.

Aquellos que tienden la mano

cuando sientes que has perdido.

 

Son los que dan esa energía

cuando te sientes abatido,

limpian el aire que respiras,

cuando saben que estás vencido.

 

Una sonrisa siempre brindan

¡porque son amigos queridos!

Dan la fuerza que necesitas,

¡porque de amor están vestidos!

“Síndrome” (Mario Benedetti)

Todavía tengo casi todos mis dientes

casi todos mis cabellos y poquísimas canas

puedo hacer y deshacer el amor

trepar una escalera de dos en dos

y correr cuarenta metros detrás del ómnibus

o sea que no debería sentirme viejo

pero el grave problema es que antes

no me fijaba en estos detalles.

“Pegasos, lindos pegasos” (Antonio Machado)

Pegasos, lindos pegasos,

caballitos de madera.

Yo conocí siendo niño,

la alegría de dar vueltas

sobre un corcel colorado,

en una noche de fiesta.

 

En el aire polvoriento

chispeaban las candelas,

y la noche azul ardía

toda sembrada de estrellas.

 

¡Alegrías infantiles

que cuestan una moneda

de cobre, lindos pegasos,

caballitos de madera!

“Ese beso” (Claribel Alegría)

Ese beso de ayer

me abrió la puerta

y todos los recuerdos

que yo creí fantasmas

se levantaron tercos

a morderme.

“A la mar” (Francisco de Quevedo)

La voluntad de Dios por grillos tienes,

Y escrita en la arena, ley te humilla;

Y por besarla llegas a la orilla,

Mar obediente, a fuerza de vaivenes.

 

En tu soberbia misma te detienes,

Que humilde eres bastante a resistilla;

A ti misma tu cárcel maravilla,

Rica, por nuestro mal, de nuestros bienes.

 

¿Quién dio al pino y la haya atrevimiento

De ocupar a los peces su morada,

Y al Lino de estorbar el paso al viento?

 

Sin duda el verte presa, encarcelada,

La codicia del oro macilento,

Ira de Dios al hombre encaminada.

“El desvío” (Pablo Neruda)

Si tu pie se desvía de nuevo,

será cortado.

Si tu mano te lleva

a otro camino

se caerá podrida.

Si me apartas de tu vida

morirás

aunque vivas.

Seguirás muerta o sombra,

andando sin mí por la tierra.

“La montaña rusa” (Nicanor Parra)

Durante medio siglo

La poesía fue

El paraíso del tonto solemne.

Hasta que vine yo

Y me instalé con mi montaña rusa.

Suban, si les parece.

Claro que yo no respondo si bajan

Echando sangre por boca y narices.

“Aquí” (Octavio Paz)

Mis pasos en esta calle

Resuenan

En otra calle

Donde

Oigo mis pasos

Pasar en esta calle

Donde

Sólo es real la niebla.

“A un general” (Julio Cortázar)

Región de manos sucias de pinceles sin pelo

de niños boca abajo de cepillos de dientes

Zona donde la rata se ennoblece

y hay banderas inhumanas y cantan himnos

y alguien te prende, hijo de puta,

una medalla sobre el pecho

 

Y te pudres lo mismo.

“De otoño” (Rubén Darío)

Yo sé que hay quienes dicen: ¿por qué no canta ahora

con aquella locura armoniosa de antaño?

Ésos no ven la obra profunda de la hora,

la labor del minuto y el prodigio del año.

 

Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa,

cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.

Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:

¡dejad al huracán mover mi corazón!

“Las seis cuerdas” (Federico García Lorca)

La guitarra,

hace llorar a los sueños.

El sollozo de las almas

perdidas,

se escapa por su boca

redonda.

Y como la tarántula

teje una gran estrella

para cazar suspiros,

que flotan en su negro

aljibe de madera.

“Deletreos de armonía” (Antonio Machado)

Deletreos de armonía

que ensaya inexperta mano.

Hastío. Cacofonía

del sempiterno piano

que yo de niño escuchaba

soñando… no sé con qué,

con algo que no llegaba,

todo lo que ya se fue.

“América, no invoco tu nombre en vano” (Pablo Neruda)

AMÉRICA,

no invoco tu nombre en vano.

Cuando sujeto al corazón la espada,

cuando aguanto en el alma la gotera,

cuando por las ventanas

un nuevo día tuyo me penetra,

soy y estoy en la luz que me produce,

vivo en la sombra que me determina,

duermo y despierto en tu esencial aurora:

dulce como las uvas, y terrible,

conductor del azúcar y el castigo,

empapado en esperma de tu especie,

amamantado en sangre de tu herencia.

“El enamorado” (Jorge Luis Borges)

Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,

lámparas y la línea de Durero,

las nueve cifras y el cambiante cero,

debo fingir que existen esas cosas.

 

Debo fingir que en el pasado fueron

Persépolis y Roma y que una arena

sutil midió la suerte de la almena

que los siglos de hierro deshicieron.

 

Debo fingir las armas y la pira

de la epopeya y los pesados mares

que roen de la tierra los pilares.

 

Debo fingir que hay otros. Es mentira.

Sólo tú eres. Tú, mi desventura

y mi ventura, inagotable y pura.

“Crisis” (Francisco Gálvez)

Tu voz parece de otro tiempo,

ya no tiene aquel tono cálido

de antes, ni la complicidad

de siempre, sólo son palabras

y su afecto es ahora discreto:

en tus mensajes ya no hay mensaje.

“Amor constante más allá de la muerte” (Francisco de Quevedo)

Cerrar podrá mis ojos la postrera

Sombra que me llevare el blanco día,

Y podrá desatar esta alma mía

Hora, a su afán ansioso lisonjera;

 

Mas no, de esotra parte, en la ribera

Dejará la memoria, en donde ardía:

Nadar sabe mi llama el agua fría,

Y perder el respeto a ley severa.

 

Alma, a quien todo un Dios prisión ha sido,

Venas, que humor a tanto fuego han dado,

Médulas, que han gloriosamente ardido,

 

Su cuerpo dejará, no su cuidado;

Serán ceniza, mas tendrá sentido;

Polvo serán, mas polvo enamorado.

“Menos tu vientre” (Miguel Hernández)

Menos tu vientre,

todo es confuso.

Menos tu vientre,

todo es futuro

fugaz, pasado

baldío, turbio.

Menos tu vientre,

todo es oculto.

Menos tu vientre,

todo inseguro,

todo postrero,

polvo sin mundo.

Menos tu vientre,

todo es oscuro.

Menos tu vientre

claro y profundo.

“El poeta pide a su amor que le escriba” (Federico García Lorca)

Amor de mis entrañas, viva muerte,

en vano espero tu palabra escrita

y pienso, con la flor que se marchita,

que si vivo sin mí quiero perderte.

 

El aire es inmortal. La piedra inerte

ni conoce la sombra ni la evita.

Corazón interior no necesita

la miel helada que la luna vierte.

 

Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,

tigre y paloma, sobre tu cintura

en duelo de mordiscos y azucenas.

 

Llena pues de palabras mi locura

o déjame vivir en mi serena

noche del alma para siempre oscura.

“El poeta a su amada” (César Vallejo)

Amada, en esta noche tú te has crucificado

sobre los dos maderos curvados de mi beso;

y tu pena me ha dicho que Jesús ha llorado,

y que hay un viernes santo más dulce que ese beso.

 

En esta noche clara que tanto me has mirado,

la Muerte ha estado alegre y ha cantado en su hueso.

En esta noche de setiembre se ha oficiado

mi segunda caída y el más humano beso.

 

Amada, moriremos los dos juntos, muy juntos;

se irá secando a pausas nuestra excelsa amargura;

y habrán tocado a sombra nuestros labios difuntos.

 

Y ya no habrá reproches en tus ojos benditos;

ni volveré a ofenderte. Y en una sepultura

los dos nos dormiremos, como dos hermanitos.

“Poema 12” (Pablo Neruda)

Para mi corazón basta tu pecho,

para tu libertad bastan mis alas.

Desde mi boca llegará hasta el cielo

lo que estaba dormido sobre tu alma.

 

Es en ti la ilusión de cada día.

Llegas como el rocío a las corolas.

Socavas el horizonte con tu ausencia.

Eternamente en fuga como la ola.

 

He dicho que cantabas en el viento

como los pinos y como los mástiles.

Como ellos eres alta y taciturna.

Y entristeces de pronto, como un viaje.

 

Acogedora como un viejo camino.

Te pueblan ecos y voces nostálgicas.

Yo desperté y a veces emigran y huyen

pájaros que dormían en tu alma.

“Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba” (Sor Juana Inés de la Cruz)

Esta tarde, mi bien, cuando te hablaba,

como en tu rostro y en tus acciones vía

que con palabras no te persuadía,

que el corazón me vieses deseaba.

 

Y Amor, que mis intentos ayudaba,

venció lo que imposible parecía,

pues entre el llanto que el dolor vertía,

el corazón deshecho destilaba.

 

Baste ya de rigores, mi bien, baste,

no te atormenten más celos tiranos,

ni el vil recelo tu quietud contraste

 

con sombras necias, con indicios vanos,

pues ya en líquido humor viste y tocaste

mi corazón deshecho entre tus manos.

“Te seguiré callada” (Julia de Burgos)

Te seguiré por siempre, callada y fugitiva,

por entre oscuras calles molidas de nostalgia,

o sobre las estrellas sonreídas de ritmos

donde mecen su historia tus más hondas miradas.

 

Mis pasos desatados de rumbos y fronteras

no encuentran las orillas que a tu vida se enlazan.

Busca lo ilimitado mi amor, y mis canciones

de espalda a los estático, irrumpen en tu alma.

 

Apacible de anhelos, cuando el mundo te lleve,

me doblaré el instinto y amaré tus pisadas;

y serán hojas simples las que iré deshilando

entre quietos recuerdos, con tu forma lejana.

 

Atenta a lo infinito que en mi vida ya asoma,

con la emoción en alto y la ambición sellada,

te seguiré por siempre, callada y fugitiva,

por entre oscuras calles, o sobre estrellas blancas.

“El primer beso” (Amado Nervo)

Yo ya me despedía… y palpitante

cerca mi labio de tus labios rojos,

«Hasta mañana», susurraste;

yo te miré a los ojos un instante

y tú cerraste sin pensar los ojos

y te di el primer beso: alcé la frente

iluminado por mi dicha cierta.

 

Salí a la calle alborozadamente

mientras tú te asomabas a la puerta

mirándome encendida y sonriente.

Volví la cara en dulce arrobamiento,

y sin dejarte de mirar siquiera,

salté a un tranvía en raudo movimiento;

y me quedé mirándote un momento

y sonriendo con el alma entera,

y aún más te sonreí… Y en el tranvía

a un ansioso, sarcástico y curioso,

que nos miró a los dos con ironía,

le dije poniéndome dichoso:

—«Perdóneme, Señor, esta alegría».

“Me tienes en tus manos” (Jaime Sabines)

Me tienes en tus manos

y me lees lo mismo que un libro.

Sabes lo que yo ignoro

y me dices las cosas que no me digo.

Me aprendo en ti más que en mí mismo.

 

Eres como un milagro de todas horas,

como un dolor sin sitio.

Si no fueras mujer fueras mi amigo.

A veces quiero hablarte de mujeres

que a un lado tuyo persigo.

Eres como el perdón

y yo soy como tu hijo.

 

¿Qué buenos ojos tienes cuando estás conmigo?

¡Qué distante te haces y qué ausente

cuando a la soledad te sacrifico!

Dulce como tu nombre, como un higo,

me esperas en tu amor hasta que arribo.

Tú eres como mi casa,

eres como mi muerte, amor mío.

“Contigo” (Luis Cernuda)

¿Mi tierra?

Mi tierra eres tú.

¿Mi gente?

Mi gente eres tú.

El destierro y la muerte

para mí están adonde

no estés tú.

¿Y mi vida?

Dime, mi vida,

¿qué es, si no eres tú?

“Dame la mano” (Gabriela Mistral)

Dame la mano y danzaremos;

dame la mano y me amarás.

Como una sola flor seremos,

como una flor, y nada más…

 

El mismo verso cantaremos,

al mismo paso bailarás.

Como una espiga ondularemos,

como una espiga, y nada más.

 

Te llamas Rosa y yo Esperanza;

pero tu nombre olvidarás,

porque seremos una danza

en la colina, y nada más…

“Viceversa” (Mario Benedetti)

Tengo miedo de verte

necesidad de verte

esperanza de verte

desazones de verte

tengo ganas de hallarte

preocupación de hallarte

certidumbre de hallarte

pobres dudas de hallarte

tengo urgencia de oírte

alegría de oírte

buena suerte de oírte

y temores de oírte

o sea

resumiendo

estoy jodido

y radiante

quizá más lo primero

que lo segundo

y también

viceversa.

“Silencio” (Octavio Paz)

Así como del fondo de la música

brota una nota

que mientras vibra crece y se adelgaza

hasta que en otra música enmudece,

brota del fondo del silencio

otro silencio, aguda torre, espada,

y sube y crece y nos suspende

y mientras sube caen

recuerdos, esperanzas,

las pequeñas mentiras y las grandes,

y queremos gritar y en la garganta

se desvanece el grito:

desembocamos al silencio

en donde los silencios enmudecen.

“Bellísima” (Eduardo Lizalde)

Y si uno de esos ángeles

me estrechara de pronto sobre su corazón,

yo sucumbiría ahogado por su existencia

más poderosa.

 

Rilke, de nuevo

 

Óigame usted, bellísima,

no soporto su amor.

Míreme, observe de qué modo

su amor daña y destruye.

Si fuera usted un poco menos bella,

si tuviera un defecto en algún sitio,

un dedo mutilado y evidente,

alguna cosa ríspida en la voz,

una pequeña cicatriz junto a esos labios

de fruta en movimiento,

una peca en el alma,

una mala pincelada imperceptible

en la sonrisa…

yo podría tolerarla.

 

Pero su cruel belleza es implacable,

bellísima;

no hay una fronda de reposo

para su hiriente luz

de estrella en permanente fuga

y desespera comprender

que aun la mutilación la haría más bella,

como a ciertas estatuas.

“Piedritas en la ventana” (Mario Benedetti)

De vez en cuando la alegría

tira piedritas contra mi ventana

quiere avisarme que está ahí esperando

pero me siento calmo

casi diría ecuánime

voy a guardar la angustia en un escondite

y luego a tenderme cara al techo

que es una posición gallarda y cómoda

para filtrar noticias y creerlas

 

quién sabe dónde quedan mis próximas huellas

ni cuándo mi historia va a ser computada

quién sabe qué consejos voy a inventar aún

y qué atajo hallaré para no seguirlos

 

está bien no jugaré al desahucio

no tatuaré el recuerdo con olvidos

mucho queda por decir y callar

y también quedan uvas para llenar la boca

 

está bien me doy por persuadido

que la alegría no tire más piedritas

abriré la ventana

abriré la ventana.

“Miré los muros de la patria mía…” (Francisco de Quevedo)

Miré los muros de la patria mía,

si un tiempo fuertes, ya desmoronados,

de la carrera de la edad cansados,

por quien caduca ya su valentía.

 

Salíme al campo; vi que el sol bebía

los arroyos del yelo desatados,

y del monte quejosos los ganados,

que con sombras hurtó su luz al día.

 

Entré en mi casa; vi que, amancillada,

de anciana habitación era despojos;

mi báculo, más corvo y menos fuerte.

 

Vencida de la edad sentí mi espada,

y no hallé cosa en que poner los ojos

que no fuese recuerdo de la muerte.

“Cada canción” (Federico García Lorca)

Cada canción

es un remanso

del amor.

Cada lucero,

un remanso

del tiempo.

Un nudo

del tiempo.

 

Y cada suspiro

un remanso

del grito

“Pasa y olvida” (Rubén Darío)

Peregrino que vas buscando en vano

un camino mejor que tu camino,

¿cómo quieres que yo te dé la mano,

si mi signo es tu signo, Peregrino?

 

No llegarás jamás a tu destino;

llevas la muerte en ti como el gusano

que te roe lo que tienes de humano…

¡lo que tienes de humano y de divino!

 

Sigue tranquilamente, ¡oh, caminante!

Todavía te queda muy distante

ese país incógnito que sueñas…

 

Y soñar es un mal. Pasa y olvida,

pues si te empeñas en soñar, te empeñas

en aventar la llama de tu vida.

“Soneto de repente” (Lope de Vega)

Un soneto me manda hacer Violante;

en mi vida me he visto en tal aprieto,

catorce versos dicen que es soneto,

burla burlando van los tres delante.

 

Yo pensé que no hallara consonante

y estoy a la mitad de otro cuarteto;

mas si me veo en el primer terceto,

no hay cosa en los cuartetos que me espante.

 

Por el primer terceto voy entrando,

y aún parece que entré con pie derecho,

pues fin con este verso le voy dando.

 

Ya estoy en el segundo, y aún sospecho

que estoy los trece versos acabando:

contad si son catorce, y está hecho.

“A una rosa” (Luis de Góngora)

Ayer naciste, y morirás mañana.

Para tan breve ser, ¿quién te dio vida?

¿Para vivir tan poco estás lucida?

Y, ¿para no ser nada estás lozana?

 

Si te engañó tu hermosura vana,

bien presto la verás desvanecida,

porque en tu hermosura está escondida

la ocasión de morir muerte temprana.

 

Cuando te corte la robusta mano,

ley de la agricultura permitida,

grosero aliento acabará tu suerte.

 

No salgas, que te aguarda algún tirano;

dilata tu nacer para tu vida,

que anticipas tu ser para tu muerte.

“Ámame sólo como amarías al viento…” (Ricardo Molina)

Ámame sólo como amarías al viento

cuando pasa en un largo suspiro hacia las nubes;

Ámame sólo como amarías al viento

que nada sabe del alma de las rosas,

ni de los seres inmóviles del mundo,

como al viento que pasa entre el cielo y la tierra

hablando de su vida con rumor fugitivo;

ámame como al viento ajeno a la existencia

quieta que se abre en flores,

ajeno a la terrestre

fidelidad de las cosas inmóviles,

como al viento cuya esencia es, ir sin rumbo,

como al viento en quien pena y goce se confunden,

ámame como al viento tembloroso y errante.

“El amor después del amor” (Derek Walcott)

Un tiempo vendrá

en el que, con gran alegría,

te saludarás a ti mismo,

al tú que llega a tu puerta,

al que ves en tu espejo

y cada uno sonreirá a la bienvenida del otro,

y dirá, siéntate aquí. Come.

 

Seguirás amando al extraño que fuiste tú mismo.

Ofrece vino. Ofrece pan. Devuelve tu amor

a ti mismo, al extraño que te amó

toda tu vida, a quien no has conocido

para conocer a otro corazón

que te conoce de memoria.

Recoge las cartas del escritorio,

las fotografías, las desesperadas líneas,

despega tu imagen del espejo.

Siéntate. Celebra tu vida.

“A plena luz” (Carlos Illescas)

A plena luz. A hurto y sombra

ensayo a escribir tu nombre.

No acierto con las letras.

Vacilo en el aroma. Me iluminas,

su rosa trascendiendo.

¿Cuántas auroras morirán

antes, amor, de que termine,

ya ciego y loco, de escribir tu amante

amor o amor, acaso, amor,

a cambio de tu nombre, amor,

que olvido sin saber si lo recuerdo?

“El naufragio” (Eugenio Montejo)

El naufragio de un cuerpo en otro cuerpo

cuando en su noche, de pronto, se va a pique…

Las burbujas que suben desde el fondo

hasta el bordado pliegue de las sábanas.

Negros abrazos y gritos en la sombra

para morir uno en el otro,

hasta borrarse dentro de lo oscuro

sin que el rencor se adueñe de esta muerte.

Los enlazados cuerpos que zozobran

bajo una misma tormenta solitaria,

la lucha contra el tiempo ya sin tiempo,

palpando lo infinito aquí tan cerca,

el deseo que devora con sus fauces,

la luna que consuela y ya no basta.

El naufragio final contra la noche,

sin más allá del agua, sino el agua,

sin otro paraíso ni otro infierno

que el fugaz epitafio de la espuma

y la carne que muere en otra carne.

“Todo está lleno de ti” (Miguel Hernández)

Todo está lleno de ti,

y todo de mí está lleno:

llenas están las ciudades,

igual que los cementerios

de ti, por todas las casas,

de mí, por todos los cuerpos

 

Por las calles voy dejando

algo que voy recogiendo:

pedazos de vida mía

venidos desde muy lejos.

 

Voy alado a la agonía,

arrastrándome me veo

en el umbral, en el fondo

latente del nacimiento.

 

Todo está lleno de mí:

de algo que es tuyo y recuerdo

perdido, pero encontrado

alguna vez, algún tiempo.

 

Tiempo que se queda atrás

decididamente negro,

indeleblemente rojo,

dorado sobre tu cuerpo.

Todo está lleno de ti,

traspasado de tu pelo:

de algo que no he conseguido

y que busco entre tus huesos.