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Preocupación excesiva hacia los otros (causas y soluciones)


Que nos preocupen otros seres humanos (tu pareja, familia, amistades, hijos...) es una consecuencia natural del hecho de ser humanos. Somos seres sociales, afectivos y emocionales, y tejer lazos con los demás forma parte de nuestra naturaleza.

Sin embargo, cuando esa preocupación condiciona tu bienestar hasta tal punto que te angustia o es excesiva, la situación no es tan agradable. ¿Por qué ocurre esto? ¿A qué se debe? Y sobre todo, ¿cómo solucionarlo?

El problema de la preocupación excesiva hacia los demás

La preocupación excesiva hacia los demás puede definirse como un estado de ánimo relacionado con la ansiedad en el que tu bienestar depende de en qué situación están los demás o cómo te afecta a ti.

Al ser los demás un factor que no puedes controlar, esta preocupación termina por resultar un problema, que además, viene acompañada por rumiaciones (pensamientos intrusivos y constantes), cansancio y desánimo. Aquí una posible sorpresa: este problema se repite y en todos los ámbitos. Vamos a ver las causas, relaciones, y sobre todo, la solución a esto a través de tu propio cambio personal (que es lo único con lo que puedes trabajar de forma directa).

Causas

En primer lugar es importante diferenciar entre las posibles formas en la que la preocupación por los demás puede manifestarse. Dime con qué caso te identificas (aunque sea desde casa o desde tu móvil; me lo puedes contar por email).

Preocupación excesiva por el bienestar del otro

Cuando necesitas que los demás estén bien porque consideras, incluso, que el bienestar de los demás depende en cierta manera de ti (esto puede ocurrir con los hijos o también con la pareja si vivimos la relación desde un patrón ansioso). Este tipo de preocupación excesiva se pudiera definir, más bien, como "preocupación excesiva por miedo al malestar del otro".

Preocupación excesiva por miedo al qué dirán

Cuando te preocupa qué piensan, sienten o hacen los otros en relación a cómo tú te has comportado previamente. Esto nos lleva a una dificultad para comunicarnos de forma asertiva, poder expresar tus límites (qué quieres, qué piensas, qué puedes, y por supuesto, qué no quieres, qué no piensas y qué no puedes o te apetece hacer). Esta situación hace que sientas que los demás te condicionan demasiado

Preocupación excesiva por culpa

Cuando crees que algo que hiciste puede ser un problema para los demás, te preocupas, indagas y tratas de buscar soluciones ante lo desconocido.

¿Dónde está entonces el problema?

En cualquiera de estos casos, en principio diferentes, encontramos un punto en común: un estado de ansiedad, culpa, inseguridad y miedo. Sí, en todo momento se tratan de emociones que hacen que tu bienestar no esté dependiendo de ti, sino de los demás, y este es un factor externo que no puedes controlar.

Antes de continuar te dejo toda la información de este artículo en un vídeo donde te lo explico personalmente. Así puedes elegir el formato que más te guste. ¡Dale a play!

Las emociones no son un problema, sino tu forma de entenderlas y gestionarlas. Que te preocupen los demás, y sobre todo que te ocupes de los demás (en la medida de tus posibilidades y responsabilidades) es una actitud natural del ser humano (lo contrario, es decir, no hacer un esfuerzo por ayudar a los demás, sería aún más problemático y preocupante). Que esa preocupación supere tus límites hace que tu bienestar dependa de lo que no puedes controlar, lo cual te lleva a una espiral de ansiedad, angustia y frustración.

La ansiedad nos lleva a rumiar pensamientos, a indagar y a preocuparte más. Un estado ansioso no deja de ser un estado de alerta, de miedo que se ha generalizado. La inseguridad y el miedo te hacen plantearte sobre posibles repercusiones, sobre hasta qué punto tú pudiste ser responsable o qué pudieras hacer más. La frustración y el desánimo es también una consecuencia natural de tratar de solucionar lo que no está en tus manos.

Soluciones: preocupación sí, la humana y posible

La solución está en aprender a entender y a gestionar esas emociones para que, a la vez que ayudas al otro y le consideras, tu bienestar dependa principalmente de ti. Esto te ayuda a establecer límites claros, saber dónde tu responsabilidad termina (es decir, donde realmente no puedes hacer nada porque depende de las decisiones o dificultades del otro), poder comunicarte de forma asertiva, y generar bienestar además de construir relaciones más positivas y equilibradas.

El miedo, la inseguridad, incluso la frustración, son emociones necesarias en su justo grado. La clave está en entenderlas y saberlas gestionar para que sean funcionales y las sientas en su grado justo y adecuado.

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Mil gracias por pensar en ti, Rubén