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Miedo al rechazo: así nos aísla de las demás personas


Cuando pensamos en esa faceta de nuestras vidas que tiene que ver con las relaciones personales, es muy fácil que la imaginemos midiendo la cantidad de amigos y seres queridos que tiene cada persona.

Sin embargo, hay algo que tiene tanta o más importancia que ese "conteo" de la cantidad de relaciones habituales que tenemos: ¿hasta qué punto es probable perder el contacto con esos amigos, amantes o gente que querríamos conocer?

Lo cierto es que los seres humanos estamos predispuestos a darle más importancia a las posibles pérdidas que a las ganancias; esto hace que prestemos mucha atención a los indicios de posible rechazo, ya sea por parte de gente con quien tenemos un trato cercano o con alguien que nos gustaría conocer más.

Sin embargo, hay algunas personas que son especialmente sensibles al rechazo, y por eso lo temen y lo anticipan frecuentemente, experimentando dosis importantes de malestar psicológico. Lo curioso de esta predisposición es que hace aumentar las posibilidades que el rechazo efectivamente se produzca, a causa de los mecanismos que veremos a continuación.

¿Por qué se produce la sensibilidad al rechazo?

La idea de que las personas con peores habilidades sociales es rechazada por su torpeza a la hora de comunicarse y estrechar lazos con los demás es verdad solo en parte. Es cierto que no disponer de una buena caja de herramientas para gestionar la vida social hace que sea más fácil terminar estando más aislados, pero esto no es algo inevitable. De hecho, muchas personas con dificultades en sus relaciones no son poco ágiles a la hora de pensar en las interacciones sociales, sino todo lo contrario: se obsesionan con ello a causa del miedo al rechazo.

Las personas senibles al rechazo se mantienen en un estado de alerta casi constante, pensando todo el rato en gustar a la otra persona y analizando el comportamiento de los demás en busca de señales de aburrimiento, burla o enfado.

¿Cómo han llegado a ese punto? Muchas veces no es debido a habilidades sociales deficientes, sino que la causa es más bien una serie de malas experiencias en el pasado. Por ejemplo, una ruptura amorosa muy dura o una infancia marcada por el bullying u otras formas de maltrato son capaces de llevarnos hasta un estado de hipervigilancia social.

Así pues, el temor al rechazo es un fruto de unas expectativas muy preocupantes acerca de lo que los demás exigen para entablar una relación con ellas, y esto puede estar producido por eventos pasados que escaparon al control de uno mismo y la falta de autoestima resultante.

Por qué el miedo a ser rechazados nos aísla más

La obsesión por la posibilidad de vernos rechazados hace que concibamos la relaciones como una máquina, y no como un espacio de interacción entre dos seres humanos. El motivo es que la presión por no perder a esa persona es tan alto que solo se concentran en medir sus movimientos para no "cruzar una línea" imaginaria que haga saltar las alarmas en el otro o la otra.

Por otro lado, las personas que más temen al rechazo son más propensas a interpretar cualquier acción ambigua como una muestra de rechazo, lo cual hace que adopten una actitud a la defensiva.

En una investigación realizada sobre el tema, se pasó un cuestionario de medición de esta característica psicológica a un grupo de personas solteras y, meses más tarde, se pidió a aquellas que habían iniciado una relación en ese periodo de tiempo que imaginasen que su pareja realizaba una serie de acciones extrañas, como pasar menos tiempo con ellas, ser distantes, etc. Los resultados mostraron que las personas que temían más al rechazo pasaban rápidamente a asumir que su relación estaba en peligro, en vez de considerar antes otras hipótesis más razonables.

Se ha comprobado que este patrón de pensamiento hace que las personas se muestren más hostiles de forma más rápida y sin necesitar demasiados motivos, e incluso llegan a ser más reacias a asumir sus errores, algo paradójico si se tiene en cuente el miedo que se tiene a la posibilidad de aislarse.

Por otro lado, también se ha visto que este miedo hace que las personas se adentren en una dinámica dañina en la que el primer perjudicado es uno mismo. Por ejemplo, una investigación mostró que los hombres que han sido rechazados crudamente en un círculo social están más dispuestos a hacer sacrificios para formar parte de ese grupo, confirmando esa dinámica de sometimiento al otro que tan mala imagen causa (además de ser perjudicial para quien la sufre en primera persona). Los hombres que habían sido rechazados por una mujer en una web de contactos también se mostraban más dispuestos a gastar más dinero en una cita tras pasar por esa mala experiencia.

Concluyendo

A veces olvidamos que la base de las relaciones sanas es la sencillez y la honestidad. Asumir el papel de víctima condenada al rechazo no hace más que precipitar la aparición de un estigma que lleve a los demás a distanciarse.