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Estrés de segunda mano: cómo nos afecta, causas, y cómo gestionarlo


El estrés es una emoción con la que todos estamos familiarizados. Son muchas las situaciones que nos provocan estrés, una emoción que por regla general la vivimos a causa de algo que nos afecta directamente.

Sin embargo, también sucede que podemos estar estresados simplemente porque una persona de nuestro entorno lo está. Al igual que sucede con los bostezos o la risa, el estrés es contagioso y puede pasar que hasta la persona más calmada del mundo acabe estresándose porque un amigo suyo está agobiado.

A esta emoción adquirida así se la ha llamado estrés de segunda mano, igualito al humo que respiramos cuando tenemos a un fumador cerca. Vamos a ver un poco más a fondo por qué nos contagiamos de esta emoción.

¿Qué es el estrés de segunda mano?

Todos hemos oído eso de que, aunque no seamos nosotros quienes fumamos, recibir el humo de segunda mano del tabaco es casi tan perjudicial como fumar. Pues bien, hay quienes dicen que esta misma regla se aplica para el estrés, aunque no seamos nosotros quienes lo experimentamos en primera persona.

A este tipo de emoción se la conoce como estrés de segunda mano, y ha sido definido como la vulnerabilidad de adquirir el estado estresante de los demás, contagiarse de su nerviosismo y malestar emocional.

No es algo poco común. Todo el mundo lo ha experimentado alguna vez pues, queramos o no, es inevitable verse afectado por el estado de ánimo de los demás. Basta con pasar unas cuantas horas con ese compañero de trabajo que se agobia nada más tener una entrega, ese amigo que siempre parece ir al límite o esa hermana que todo lo percibe como una constante amenaza.

Las emociones negativas de otras personas nos pueden alterar, algo que no deja de evidenciar nuestra naturaleza humana y empática pero que, también, es muy molesto.

Parece ser que experimentar estrés de segunda mano tiene cierto sentido biológico. Desde una perspectiva neurológica y filogenética, contagiarse del estrés ajeno es, en realidad, un mecanismo adaptativo que nos permite intuir peligros. Cuando vemos que alguien está alterado deducimos que lo está porque hay una amenaza, misma que también nos puede perjudicar a nosotros y por ello conviene evitar. Por ello, empatizamos con esa persona, experimentando su misma emoción para actuar en consecuencia.

El problema es que, si bien este mecanismo debió tener gran utilidad en tiempos pasados, hoy en día parece haberse convertido en un hándicap, algo que más que un mecanismo de protección es un peligro para nuestra salud mental. El estrés de segunda mano, en muchas ocasiones, es un sufrimiento innecesario surgido de la mala gestión de las emociones negativas de otra persona. Convivir con alguien que no maneja adecuadamente el estrés puede acabar salpicándonos y nos hace daño.

Causas

Es inevitable hablar de las neuronas espejo y de la empatía al abordar por qué se da el estrés de segunda mano. La empatía es la responsable de que sintonicemos con las emociones de los demás, e incluso es la que nos hace bostezar cuando vemos (o incluso oímos) a alguien bostezar o reír. Es la empatía el mecanismo que nos vuelve sensibles a las emociones ajenas, tanto las buenas como las que implican sufrimiento, como es el caso del estrés.

La comunicación no verbal también genera contagios emocionales, puesto que como bien se suele decir una imagen vale más que mil palabras y esto se traslada también en el ámbito de las emociones. A veces solo hace falta pasar por una sala donde las personas se ven agotadas, enfadadas o estresadas (por ejemplo, un vagón de metro, un tanatorio...) para que acabemos contagiándonos de esas emociones, sin que nos digan en ningún momento qué es lo que ha hecho que se sientan así o, ni siquiera, nos digan que así se sienten.

Entendido esto, podemos ver que el estrés de segunda mano es el efecto que tiene sobre nuestro sistema nervioso el hecho de estar cerca de alguien que se encuentra emocionalmente tenso. Y decimos que tiene efecto sobre el sistema nervioso porque, de hecho, estar cerca de personas nerviosas hace que nuestro organismo produzca más cortisol, la famosa hormona del estrés.

Causas del estrés de segunda mano

¿Cómo aparece este fenómeno psicológico?

Por extraño que suene, a veces nos comportamos de una manera tan automática que ni nos damos cuenta de nuestras emociones. Suele suceder que, tras un tiempo haciendo las cosas por pura inercia, nos detenemos un momento y nos damos cuenta de que no nos sentimos bien en el plano de lo emocional. Pero en el momento de darnos cuenta de nuestras emociones, nos resulta francamente difícil identificar qué es lo que las causa.

Por ello el estrés de segunda mano nos afecta sin que nos demos cuenta, pero no por ello nos chupa menos la energía. Este malestar es especialmente intenso después de haber pasado un tiempo con una de las fuentes de estrés, como por ejemplo un jefe, un compañero, un familiar, la pareja... Nuestra energía se desvanece y las emociones negativas toman el control.

Es especialmente relevante la pareja, pues si ella padece elevada ansiedad, es muy difícil que nosotros no nos sintamos afectados por sus emociones, más teniendo en cuenta que es una persona que nos importa muchísimo.

Pero es que en los tiempos que corren también sucede que personas que no conocemos nos influyan emocionalmente. En un mundo hiperconectado es casi inevitable no contagiarse del estrés de individuos que, aunque estén en la otra punta del mundo, nos cambian el ánimo compartiéndonos sus historias traumáticas, la vivencia de una situación de discriminación o críticas sociales. Es difícil mantener un humor positivo si vemos que en el mundo hay muchas desgracias y, aunque no seamos víctimas de ellas, es inevitable sentir malestar por esas personas.

Cómo manejar el estrés de segunda mano

Cuando no se gestiona adecuadamente el estrés acaba pasándonos factura física y psicológica. Por este motivo, de la misma manera que nos protegemos del humo del tabaco de un fumador, debemos protegernos también del estrés de las demás personas. Siendo sinceros es algo complicado, pero es un ejercicio de primerísima necesidad para poder disfrutar de una mejor salud mental.

1. Mente flexible ante el estrés

El estrés no es siempre es patológico, de hecho, es una respuesta normal de nuestro cerebro ante hechos que nos superan y que es necesario que nos pongamos en marcha para superarlos. Es inevitable experimentarlo de vez en cuando, pero no es sano que se convierta en parte de nuestra vida diaria.

Para protegernos de él, es necesario desarrollar una mente flexible ante los entornos cargados de estrés y otras emociones negativas.

Hay que hacer un esfuerzo consciente para evitar impregnarnos de la frustración y malestar ajeno. Está bien sentir compasión por los demás, pero no podemos hacer que su sufrimiento emocional se convierta en parte inseparable de nuestra vida. Nosotros ya tenemos nuestros propios problemas, ¿de qué nos sirve añadir de nuevos que poco tienen que ver con nosotros?

Podemos animar a esa persona a que aprenda a gestionar mejor su estrés o ayudarle deshacerse de la fuente de malestar, pero no podemos permitir que algo que afecta a otra persona y que no podemos solucionar nos acabe afectando.

Limitémonos a sentir compasión por quien pasa por una mala racha, estableciendo una barrera de contención emocional entre ellos y nosotros. Compadecerse de esas personas es un acto de empatía, un acto de humanidad, pero que evitará que sus problemas nos perjudiquen.

2. Protegerse del estrés ajeno para ayudar mejor

Si nuestro amigo, pareja, compañero de trabajo, hermano o cualquier otra persona importante para nosotros sufre mucho estrés, no nos va a servir de nada que nosotros suframos con él. Como decíamos, lo suyo es sentir compasión, pero no dejarse caer dentro de su pozo de malestar. Si queremos ayudar a esa persona que queremos es necesario que, en vez de permitir que nos afecte su estrés, debemos ser fuertes y evitar hacer nuestro su malestar.

Lo que debemos hacer es invertir la dirección de la influencia, esto es, que nosotros seamos quienes influyamos a esa persona y la motivemos para buscar una solución y aprender a gestionar sus emociones. Quien sufre necesita apoyo y un empujoncito para solucionar su vida, no que los demás caigan en su mismo bucle de negatividad.

3. Aplicar la ecpatía

Es aquí donde introducimos un peculiar vocablo: la ecpatía. Esta no es la idea opuesta a la empatía, sino más bien un complemento. Es el correcto manejo de las emociones que se nos contagian, el proceso voluntario de exclusión de sentimientos, actitudes, pensamientos y motivaciones inducidas por otros.

La ecpatía nos permite aplicar una adecuada contención mental desde la que conectar con los demás pero sin caer en su telaraña de negatividad. Nos sirve de balanza psicológica para protegernos de emociones ajenas no bienvenidas sin impedir conectar con el estado emocional de las personas que nos importan.

4. Crear anticuerpos positivos

Una buena forma de evitar que las emociones ajenas nos hundan el día es encontrando acciones que neutralicen los efectos negativos de la persona estresada. Por ejemplo, en vez de responder a su estrés con otro similar, podemos ofrecer una sonrisa, un gesto comprensivo o intentar hablar de algo positivo sobre su apariencia o sobre lo que ha hecho.

Es recomendable evitar iniciar conversaciones en clave negativa, como por ejemplo “estoy desesperado con tanto trabajo” o “estoy muy agobiado”, sustituyéndolas por afirmaciones más positivas como “me gusta hablar contigo” o “¡qué bueno está el café hoy!” y cosas por el estilo. La mejor manera de contrarrestar la negatividad es con positividad.