Definición de sensualidad

Sensualidad es la condición de aquel o aquello que es sensual. Este adjetivo, por su parte, está vinculado a los sentidos y, en especial, al deseo sexual.

Se denomina sensualidad (término que procede del latín sensualĭtas), por lo tanto, a la cualidad que favorece la estimulación sexual. En el caso de las personas, la sensualidad se asocia a la personalidad y a la apariencia física: cuando estos dos factores logran despertar el deseo sexual en otros individuos, se dice que la persona es sensual.

Debido a que la atracción sexual es subjetiva, no existe un único tipo de sensualidad. Sin embargo, hay características o elementos comunes que suelen ser compartidos a nivel social y que permiten afirmar que determinadas personas cuentan con una gran sensualidad, ya que atraen a muchos hombres y/o mujeres.

Puede decirse que la sensualidad consiste en atraer la atención y generar una reacción vinculada a la sexualidad. En su sentido más amplio, la sensualidad se asocia a los sentidos. De este modo, una persona sensual provoca esto a través de la vista, el olfato, la audición, el tacto y el gusto.

Tener un cuerpo tonificado, vestir ropa que permita apreciar dicho estado físico, utilizar perfume, tener la piel suave y hablar de manera sugestiva son algunas de las características que hacen a la sensualidad.

Es posible considerar la sensualidad tanto a partir de lo que un individuo genera en otro como a través del disfrute personal de los placeres sensoriales. Una persona que goza de su sensualidad, por lo tanto, generará una reacción en otro y además dedicará tiempo y esfuerzo a disfrutar los estímulos que capta con sus sentidos.

A pesar de las diferentes orientaciones sexuales a las cuales la sociedad intenta aferrarse para dividirnos en grupos, muchas personas aceptan sin miedo al prejuicio que la sensualidad de ciertos individuos les causa un efecto irresistible a pesar de pertenecer al sexo al cual supuestamente no deberían sentirse atraídas; en otras palabras, hay hombres heterosexuales que admiten una ligera vulnerabilidad ante el aspecto y la forma de ser de otros hombres, aunque esto no significa que deseen efectivamente tener relaciones sexuales con ellos, y lo mismo puede ocurrir en todos los otros casos.

La sensualidad está tan ligada a las características de una sociedad, que resulta muy difícil imaginar cómo percibiríamos a las personas consideradas sensuales si las reglas fueran extremadamente diferentes. Pensemos en algunas de las imposiciones que tiene la mujer en Occidente: cuidar su piel con diversos productos para retrasar el envejecimiento y lucir una textura radiante; mantener su cabello libre de canas y asegurarse de cambiar de peinado con frecuencia; cuidar la figura, lo cual para muchas conlleva la obligación de evitar ciertas comidas; escoger prendas de vestir atractivas aunque no muy reveladoras, para evitar ser tildada de «vulgar».

Si una mujer cumple con estos y otros de los mandatos implícitos de la sociedad, y si a la ecuación se agrega una forma de ser interesante y una voz cautivadora, es probable que sea considerada sensual por su entorno. Una pregunta importante que podemos hacernos es cuál o cuáles de dichos elementos resultan esenciales para alcanzar la sensualidad, y la respuesta parece ser muy simple: ninguno de ellos.

Gracias a la diversidad, uno de los mayores regalos de la naturaleza, aunque también una de las razones más comunes de enfrentamiento entre los seres humanos, cada uno puede entender la sensualidad de una forma diferente. Dicho esto, en una sociedad cuyas reglas fueran opuestas a las que conocemos, quizás un hombre con sobrepeso, calvo, de baja estatura y con un importante descuido de su higiene personal podría ser la viva imagen de la sensualidad.

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