Definición de oneroso

Del latín onerosus, oneroso es un adjetivo que hace referencia a algo gravoso, pesado o molesto. Por lo general, este término suele estar asociado a gastos monetarios excesivamente altos y no pertenecientes al conjunto de necesidades básicas para la vida.

En el ámbito del derecho, un contrato oneroso es aquél que implica alguna contraprestación. Este tipo de contrato, por lo general, supone la existencia de beneficios y gravámenes recíprocos, con un sacrificio equivalente de ambas partes. Las operaciones de compraventa pueden regirse por contratos onerosos ya que el vendedor obtiene un rédito por lo que vende y, a su vez, entrega algo, mientras que el comprador recibe lo comprado y debe pagar algo a cambio.

Una causa onerosa, en sentido similar, es aquélla que implica una conmutación de prestaciones. Otro concepto habitual en el derecho es el de título oneroso, que supone prestaciones recíprocas entre los que adquieren y transmiten; puede tratarse de un negocio o de un acto jurídico que realizan dos o más partes, entregando bienes de un valor equivalente, lo cual constituye una situación opuesta al lucro.

La idea de oneroso suele utilizarse en la vida política para hacer mención a ciertos gastos estatales. Los gobiernos deben administrar responsablemente el dinero público ya que pertenece a todos los ciudadanos; por lo tanto, no pueden utilizarlo de acuerdo a su propia discreción. Cuando los partidos políticos de oposición y los medios de comunicación hablan de gastos onerosos, se refieren a los que consideran innecesarios o poco útiles.

El gobierno y los gastos onerosos

Es de público conocimiento que ningún gobierno está formado por una totalidad de personas honestas, y los ciudadanos suelen manifestar sus quejas con respecto a los grandes derroches que son característicos de los dirigentes de muchos países. A continuación, se estudian los gastos onerosos más resonados, aunque la lista es más extensa y muchos de sus elementos se encuentran más sutilmente maquillados para parecer justificables.

En primer lugar, se sabe que los gobiernos destinan sumas millonarias (o, mejor dicho, billonarias) de dinero en materiales y suministros, tales como equipos de oficina, alimentos, vestimenta y combustible para los diversos medios de transporte oficiales. Sin hablar de ningún país en particular, resulta especialmente alarmante que estos gastos colosales no suelan mostrar ningún tipo de coherencia con la situación económica del momento histórico en el que se realizan; muchas veces, aumentan exageradamente luego de un comunicado oficial que promueve un ajuste de cinturón.

Son contradicciones como ésta las que desatan ira en la gente, sobre todo en el sector trabajador, que no cuenta con contactos especiales ni con algún tipo de ayuda económica; esas personas que deben destinar un gran porcentaje de su semana a realizar duras tareas para acceder a un nivel de vida que roza la subsistencia, no se alegran cuando leen que su gobierno ha triplicado el presupuesto para comprar ordenadores y uniformes para sus funcionarios.

Por otro lado, se encuentran las ceremonias oficiales, que no solo acarrean los gastos propios de la realización del acto en sí mismo, sino los relacionados con los traslados del personal, de su alimentación y de su estancia. En este caso, resulta más difícil convencer a los ciudadanos de la necesidad de destinar los montos billonarios de dinero asociados a estas presentaciones.

¿Cómo se explica que los políticos no puedan llevar vidas normales? ¿Son acaso semidioses, venidos de una civilización superior a impartir su sabiduría para salvarnos de nuestros errores, o simplemente personas cuyo trabajo consiste en organizar la vida de un país? Nuestra cultura está colmada de preconceptos y de reglas protocolares que constituyen auténticas barreras que nos impiden acabar con un gran número de injusticias, y los gastos excesivos por parte del gobierno son un claro ejemplo de las consecuencias de estas rígidas estructuras.

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