Biología celular

Células plasmáticas: características, funciones y enfermedades


Las células plasmáticas, también conocidas como plasmocitos, son células derivadas de un tipo de glóbulo blanco (leucocito) que tienen la capacidad de sintetizar anticuerpos y que se encuentran en diferentes tejidos de los mamíferos y otros animales, donde ejercen importantes funciones inmunológicas.

El anatomista alemán Heinrich von Hartz-Waldeyer (1836-1921) fue quien utilizó por primera vez el término “células plasmáticas” en 1875, para referirse al conjunto de células presentes en el plasma sanguíneo.

Más adelante, en 1890, Santiago Ramón y Cajal describió a estas células como “células cianófilas”, pero no fue sino en 1891 que Paul Gerson Unna empleó el término “célula plasmática” para referirse a un grupo específico de células que observó en las lesiones dérmicas de lupus vulgaris causadas por M. tuberculosis.

Hoy día nos referimos a “células plasmáticas” cuando hablamos de células redondeadas u ovaladas, con un citosol basófilo, derivadas de linfocitos B, por lo que son células especializadas en la síntesis de anticuerpos o inmunoglobulinas específicas contra antígenos determinados, aún en ausencia de estas moléculas “estimulantes”.

Son células sumamente diversas y, aunque las patologías relacionadas con estas son raras, muchas veces se caracterizan por la multiplicación exagerada de una de estas, resultando en un gran conjunto de células clonales que producen los mismos anticuerpos.

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Características de las células plasmáticas

Las células plasmáticas se encuentran en los cordones medulares de los nódulos linfáticos en reposo; también han sido identificadas en las regiones marginales del bazo y en algunos tejidos conectivos del cuerpo humano.

Además, estas células también son muy abundantes en la lámina propia de la mucosa intestinal. De hecho, más del 80% de las células plasmáticas han sido relacionadas con los tejidos linfoides asociados con los intestinos, donde se encargan de la síntesis de inmunoglobulina A (IgA).

Son células con un núcleo excéntrico, es decir, que está desplazado respecto al centro. La heterocromatina se encuentra en el interior de su núcleo de forma muy particular, algunos autores la describen como “los radios de una gruesa rueda de camión”. Alrededor del núcleo existe lo que muchos han denominado un “pliegue perinuclear”.

Su citosol es medianamente basófilo o anfofílico, es decir, que puede ser teñido tanto por tintes acídicos como por tintes alcalinos. Por otra parte, su forma general es redondeada u ovalada, con un diámetro de 9-20 micras. En su citosol, las células plasmáticas poseen un retículo endoplásmico rugoso prominente, al cual están asociados múltiples ribosomas.

Un pequeño porcentaje de células plasmáticas posee una o más cisternas del retículo endoplásmico rugoso muy distendidas, las cuales poseen un material muy denso que está compuesto por moléculas de inmunoglobulinas “incompletas”.

Entre las membranas del retículo endoplásmico de estas células se encuentran numerosas mitocondrias. Tienen, además, un gran complejo de Golgi que forma un “halo” perinuclear.

Una célula plasmática completamente madura no expresa ningún tipo de inmunoglobulina en su superficie. Así mismo, pierde la capacidad de expresar moléculas del complejo mayor de histocompatibilidad de clase II, por lo que no funcionan en la presentación de antígenos.

¿De dónde provienen los plasmocitos?

Así como las células precursoras de los eritrocitos, de los megacariocitos y de las células del linaje mieloide, los plasmocitos son células pertenecientes a uno de los linajes hematopoyéticos, representando entre el 2 y el 4% de las células nucleadas de la médula ósea.

Estos derivan de linfocitos B pequeños que han sido activados, es decir, son células de diferenciación terminal.

La activación mediada por antígenos de células B maduras propicia el desarrollo de un “centro germinal”, que forma unas células transitorias conocidas como “plasmoblastos”, capaces de secretar anticuerpos mientras se dividen.

Además de los plasmoblastos, de las células B maduras también se diferencian unas células plasmáticas de vida corta extrafoliculares que secretan antígenos específicos para la línea germinal. Los plasmoblastos entran en la circulación sanguínea por un corto período de tiempo, hasta que alcanzan la médula ósea, el bazo, los nódulos linfáticos o los tejidos linfoides asociados con las mucosas.

Estas distintas regiones anatómicas les proveen a los plasmoblastos los factores necesarios para sobrevivir y diferenciarse en células plasmáticas maduras de vida más prolongada. Hoy en día se sabe que los títulos plasmáticos de anticuerpos son producidos por estas células plasmáticas de larga vida.

Expresión de marcadores de superficie

Las células plasmáticas co-expresan dos moléculas conocidas como CD138 y CD38, lo que las hace fácilmente identificables por citometría de flujo cuando se estudia la médula ósea, la sangre periférica y otros tejidos corporales.

CD138 y CD38 forman parte de un conjunto de marcadores de superficie de los que se valen los citólogos para el “inmunofenotipaje” de las células del sistema inmune. Este conjunto de marcadores se conoce como “grupo de diferenciación”, del inglés Cluster of Differentiation y muchas veces se trata de proteínas de superficie con funciones específicas.

Cuando estas células se convierten en “células malignas”, debido a algún tipo de patología, la expresión de sus moléculas de superficie se ve alterada y estas son fácilmente identificables por la presencia de moléculas como CD28, CD33, CD56 y CD117.

Funciones

Los plasmocitos o células plasmáticas pueden definirse como “un tipo de célula B madura” que no expresa anticuerpos en su superficie, pero que sí los secreta en grandes cantidades.

Desde esta perspectiva, es lógico señalar que son células de suma importancia para el sistema inmunológico, especialmente para el sistema de respuesta adaptativa o humoral.

Después de su maduración a partir de un linfocito B, estas células producen anticuerpos continuamente durante meses e incluso años, aún en ausencia de un estímulo antigénico, por lo tanto, estas son esenciales para la protección del cuerpo contra diversos patógenos invasores.

Enfermedades relacionadas

Las enfermedades o desórdenes relacionados con los plasmocitos no son muy comunes, pero generalmente se relacionan con la multiplicación exagerada o descontrolada de un solo tipo de célula plasmática.

El resultado de estos desórdenes conlleva a la síntesis de grandes cantidades de un mismo anticuerpo (monoclonal), que muchos científicos han identificado como la proteína M.

En vista de que la división descontrolada de estas células produce clones y en vista de que dichos clones producen el mismo tipo de anticuerpo, la capacidad del cuerpo de responder frente a otras infecciones disminuye, por lo que las personas con este tipo de patologías son más propensas a sufrir otras infecciones.

Cuando incrementa considerablemente el número de plasmocitos “anormales” y estos invaden distintos órganos y tejidos, el anticuerpo producido en demasía puede dañar órganos vitales como los huesos y los riñones.

Las patologías “plasmáticas” más comunes son:

– Gammapatía monoclonal.

– Mieloma múltiple.

– Macroglobulinemia (rara).

– Enfermedades de cadena pesada (rara).

Referencias

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