Tópicos Embarazo y maternidad Emoción

¿Qué te impide ser una madre feliz?


Parece que cada vez estamos más concienciados de que, si esta vida tiene algún sentido, es vivirla desde la felicidad.

Disfrutar de los buenos momentos, de la sensación de plenitud interior que nos hace sentir mejor que cualquier otra cosa. Ser consciente de todo lo maravilloso que tenemos en forma de familia, amigos, vivencias, bienes materiales, salud... En definitiva, ser consciente de que me sobran los motivos para ser feliz.

Con la paternidad y la maternidad sucede exactamente lo mismo. Antiguamente veíamos parejas que parecían tener hijos simplemente porque era el momento, porque era lo normal. Pero ahora somos mucho más conscientes de que la maternidad (y la paternidad) es uno de los aspectos más relevantes y bonitos que pueden suceder en la vida.

Maternidad, paternidad y felicidad

Hasta hace una o dos generaciones, “sacar a los hijos adelante” era un camino de obstáculos que había que ir salvando. La supervivencia quedaba muy por encima del disfrute, y parecía que buscar la felicidad propia y la del hijo quedaba relegado al último lugar en la lista de prioridades. Se consideraba absurdo.

La misión de una madre o de un padre era lograr unos hijos de provecho, responsables y trabajadores. El que fueran o no felices, tanto los hijos como los padres, era una consecuencia del trabajo y el nivel de vida que se alcanza. Y a pesar de ello, los niveles de felicidad de esas generaciones eran mucho más altos que los de la actual.

Curiosamente, ahora que ponemos el foco en criar hijos más felices, y que buscamos la autorrealización personal a través de la paternidad, nuestros niveles de estrés, ansiedad y depresión derivados de la crianza y educación a nuestros hijos/as son mucho más altos. ¿A qué se debe esa contradicción?

En cierto modo esto se explica por la propia naturaleza de nuestra mente. Está programada para muchas cosas muy importantes, pero una de ellas no es la felicidad. Sobrevivir, ser cada vez mejor, vivir en sociedad, son algunas de las funciones que nos ayuda a cumplir. Como toda moneda, tiene una doble cara que es el verdadero problema.

1. La supervivencia por encima de todo

Para sobrevivir, tienes que anticipar los problemas que te puedes encontrar en el camino. Por lo tanto, pensar en aquello que te puede pasar y encontrar las maneras de evitarlo, es una de las funciones de la mente.

Además, a la mente le encanta la rutina. Es una forma de lograr esa supervivencia. “Si lo que hice ayer me permitió seguir vivo, hoy volveré a hacerlo”. Este es el planteamiento, aunque la felicidad quede en un segundo plano.

La misión de la mente en este sentido con respecto a la maternidad te lleva a vivir pendiente de lo malo que le puede suceder a tu hijo. Por ejemplo, la adolescencia “está llena de peligros” actualmente, ¿no es cierto? Adicciones, bullying, depresión juvenil, abandono escolar... Se habla mucho de ello en los medios, y automáticamente la mente te lleva a vivirlo como si fuera a sucederte, y a buscar maneras para evitarlo a toda costa.

2. Alcanzar tu mejor versión

Ser cada vez mejor, sentir que te estás superando, que eres “tu mejor versión”, es una noble aspiración, ¿no te parece? Esa superación nos llevarán a sentirnos más realizados, más felices.

Pero volvemos a la doble cara de la moneda. Para mejorar, ¿en qué tengo que poner mi atención? Pues sí, claro, en lo que hago mal. Por eso tu mente (y la mía) está siempre pendiente de mostrarte y recordarte aquello en lo que no fuiste perfecto. Te invita a aprender, pero bajo la antigua expresión de “la letra con sangre entra”.

En el caso de la crianza con tus hijos, esa búsqueda de ser mejor madre cada vez, y de que tu hijo/a sea cada vez también mejor, te lleva a la continua crítica (hacia ti y hacia él), a pensar que, aunque las cosas están bien, podrían estar mejor, y a repetirte aquello que no está bien y que debe mejorarse.

Esta forma de actuar es fuente de la baja autoestima que tantas veces sufren nuestros pequeños y que se ve al llegar a la adolescencia.

3. Integrado y con amigos

Una de las fuentes del progreso del ser humano ha sido la capacidad de organizarse y vivir en sociedad. Nos distingue de otras muchas especies “inferiores” (pero que curiosamente parecen mucho más felices).

Nada mejor para vivir en sociedad que parecerse al semejante. Adaptarse a lo que dicta la mayoría, formar parte de esa comunidad a nivel físico, actitudinal y emocional para generar el sentimiento de pertenencia que tanta seguridad nos da, ¿verdad? Sin embargo, una vez más, existe un “pero”.

Esta necesidad de “encajar”, nos lleva a darnos cuenta de lo distinta que es nuestra vida respecto a la de los demás. Porque somos conscientes de nuestros miedos, anhelos y déficits personales y emocionales, mientras que ante nuestros ojos, los demás llevan una vida de aparente paz, armonía y felicidad. ¿Qué pensarían de mí si supieran mi “oscuro secreto?”. Una vez más, nuestra mente nos está jugando una mala pasada.

Como padres, repetir a nuestros pequeños “¿qué van a pensar los demás de ti?” o hacerles sentir diferentes y por lo tanto juzgados por el resto, les crea una sensación de aislamiento que les aleja de esa sociabilización ideal. Además, como madre estarás afrontando la maternidad de una forma dolorosa hacia ti, y esta se convertirá en un obstáculo para sentirte feliz.

¿Quién controla tu mente?

Ante este presente tan oscuro, no es sencillo encontrar una salida. Hay personas que explican la mente como un caballo desbocado que te arrastra si no lo sabes domesticar. No lo creo así.

Para mí, la mente es más bien un camión de mercancías que circula a toda velocidad lleno de material inflamable y cuyo conductor sufre de ataques de narcolepsia (vaya panorama, ¿no te parece?).

Imagínate, el peligro es constante. La fuerza de la mente reside en que su volumen es arrollador. Más de 60.000 pensamientos diarios te acompañan del día a la noche. Por eso, controlar la mente no es tarea fácil. De lo que se trata es de darte cuenta de cuándo te es útil y cuándo no.

Ante tal volumen de información constante, nuestra misión debe ser discernir cuándo realmente nos está ayudando a ser padres y madres más felices, y cuándo nos está mostrando la otra cara desagradable de la moneda, la que nos aleja de la felicidad.

Entonces, ¿qué te impide ser una madre feliz?

Para poder diferenciar lo que es útil para que seas feliz de lo que no, te dejo algunas claves importantes. Sobre todo, el objetivo con ellas es que seas capaz de identificar cuándo tu mente está tomando ese camino y te está separando de tu bienestar personal.

1. Evita las expectativas

La necesidad de saber lo que va a pasar es inherente a la mente, para tenerlo todo bajo control (o creer que se tiene). Pero olvídate de ello, no es posible lograrlo. Por mucho que lo intentes, la vida de tu hijo o hija no la podrás escribir tú. Déjate sorprender, y pon tu empeño en lo positivo que puedes hacer ahora por él o ella.

Maternidad

2. Identifica las creencias que te limitan

Ante el volumen diario de información que resuena en nuestra cabeza, hay mensajes instalados en la mente que nos impiden sentirnos bien, y que surgen simplemente porque “siempre ha sido así”. Recuerda que a la mente le encanta la rutina si le hizo sobrevivir, pero eso que tú te crees te impide ser más feliz.

Date cuenta de qué pensamientos y hábitos has tenido con tus hijos que se repiten y que te apartan de sentirte una madre feliz. También, descubre qué actitudes adoptas simplemente porque las viviste en tu casa como hija. Ahí tienes algunas claves para empezar a cambiar.

3. Orienta tu atención hacia lo que de verdad importa

Allí donde pones tu atención, contribuyes que los pensamientos asociados a esa experiencia se hagan más grandes. Actualmente tenemos muchas ocasiones para “distraer nuestra atención” y que deje de operar debidamente (televisión, móvil, redes sociales…).

Date cuenta de que lo que realmente te puede hacer sentir una madre feliz está pasando ahora, y sólo prestándole atención lograrás disfrutarlo. Tu hijo seguirá sus etapas como las hemos seguido todos a lo largo de nuestras vidas, pero la más importante es la que está viviendo hoy.

A modo de conclusión...

Como ves, son tres cosas muy sencillas pero que necesitan de tu compromiso, de tu trabajo y de tu constancia. Potencia tu mente, desarrolla tus habilidades de regulación de las emociones a través de la Inteligencia Emocional y el Mindfulness para que aprendas a reconocerla, a entenderla y a manejarla como necesitas para vivir la paternidad o maternidad de manera mucho más satisfactoria. De ese modo te darás cuenta de que realmente se puede ser una madre feliz.

Si te estás encontrando muchos problemas en el proceso de establecer una buena relación con la maternidad o la paternidad, te invito a que te pongas en contacto conmigo; desde la Atención Plena y las herramientas de potenciación de la Inteligencia Emocional, te puedo ofrecer un plan de entrenamiento en las habilidades de gestión de las emociones.