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Paradoja de Salomón: nuestra sabiduría es relativa


El rey Salomón es famoso por emitir juicios desde el pragmatismo y la sabiduría. De hecho, existe un episodio bíblico en el que se narra cómo el buen rey logró saber la verdad en un caso en el que dos madres se disputan un niño, atribuyéndose cada una de ellas la maternidad del mismo. Sin embargo, el rey judío demostró no ser tan hábil a la hora de administrar la Ley de Yahvé para conservar su reino.

Salomón terminó dejando que sus propias motivaciones y su avidez de grandes lujos fuesen degradando el reino de Israel, que terminó dividiéndose bajo el reinado de su hijo. Esta etapa desdibujó la forma del reino, pero también sirvió para evidenciar la influencia negativa que los impulsos subjetivos pueden tener sobre problemáticas que requieren los análisis más racionales. Es a partir de esta dialéctica entre objetividad y subjetividad donde se crea un sesgo cognitivo llamado Paradoja de Salomón.

Veamos en qué consiste.

Salomón no está solo en esto

Resulta difícil ridiculizar a Salomón por su falta de criterio. También en nosotros es normal tener la sensación de que se nos da mucho mejor dar consejos que tomar buenas decisiones cuyo resultado nos afecta a nosotros. Es como si, en el momento en el que un problema pasa a afectarnos a nosotros, perdiésemos cualquier capacidad para lidiar con él racionalmente. Este fenómeno no tiene nada que ver con el karma, y tampoco tenemos por qué buscarle explicaciones esotéricas.

Sólo es un indicio de que, para nuestro cerebro, la resolución de problemas en los que nos va algo en juego sigue una lógica distinta a la que aplicamos a problemas que percibimos como ajenos… aunque esto nos haga tomar peores decisiones. Este sesgo de reciente descubrimiento recibe el nombre de Solomon’s Paradox, o Paradoja de Salomón, en referencia al (a pesar de todo) sabio rey judío.

La ciencia investiga la Paradoja de Salomón

Igor Grossman y Ethan Kross, de la University of Waterloo y la University of Michigan respectivamente, han sido los encargados de sacar a la luz la Paradoja de Salomón. Estos investigadores han sometido a experimentación el proceso por el cual las personas somos más racionales a la hora de aconsejar a otras personas que a la hora de decidir por nosotros qué hacer en los problemas que nos ocurren. Para ello se utilizó una muestra de serie de voluntarios y voluntarias con pareja estable y les pidió que imaginasen uno de dos posibles escenarios.

Algunas personas tenían que imaginar que su pareja les era infiel, mientras que en el caso del otro grupo la persona que era infiel era la pareja de su mejor amigo o amiga. Luego, ambos grupos tenían que reflexionar sobre esa situación y responder a una serie de preguntas relacionadas con la situación de la pareja afectada por el caso de infidelidad.

Es más fácil pensar racionalmente sobre aquello que no nos incumbe

Estas preguntas estaban diseñadas para medir en qué medida la manera de pensar de la persona consultada estaba siendo pragmática y enfocado a resolver el conflicto de la mejor manera posible. A partir de estos resultados se pudo comprobar cómo las personas pertenecientes al grupo que tenía que imaginar una infidelidad por parte de su propia pareja sacaba puntuaciones significativamente menores que el otro grupo. En resumidas cuentas, estas personas eran menos capaces de pronosticar posibles desenlaces, tener en consideración el punto de vista de la persona infiel, reconocer los límites de su propio conocimiento y valorar las necesidades del otro. Del mismo modo, se confirmó que a los participantes se les daba mejor pensar pragmáticamente cuando ellos no estaban directamente involucrados en la situación.

Además, la Paradoja de Salomón estaba presente en la misma medida tanto en los adultos jóvenes (de 20 a 40 años) como en adultos de edad avanzada (de 60 a 80 años), lo cual significa que se trata de un sesgo muy persistente y que no se corrige con la edad.

Sin embargo, Grossmann y Kross pensaron en una manera de corregir este sesgo. ¿Qué pasaba si las personas consultadas trataban de distanciarse psicológicamente del problema? ¿Era posible pensar en la propia infidelidad como si fuese vivida por una tercera persona? Lo cierto es que sí, al menos en un contexto experimental. Las personas que imaginaron la infidelidad de su pareja desde la perspectiva de otra persona fueron capaces de aportar mejores respuestas en el turno de preguntas. Esta conclusión es la que más nos puede interesar en nuestro día a día: para tomar decisiones más sabias, sólo es necesario ponernos en la piel de un “opinador” relativamente neutral.

El observador externo

En definitiva, Grossmann y Kross han demostrado experimentalmente que nuestras creencias acerca de la importancia del “observador neutral” están fundamentadas en algo que existe: una predisposición a actuar de manera menos racional ante problemáticas sociales que nos tocan de cerca.

Igual que el rey Salomón, somos capaces de emitir los mejores juicios desde un rol caracterizado por su distanciamiento, pero cuando nos toca a nosotros jugar nuestras cartas es fácil que perdamos esa rectitud.