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​8 heridas de la infancia que afloran cuando somos adultos


La infancia es la etapa vital en la que somos más sensibles a la influencia del entorno y al modo en el que nos relacionamos con las personas.

No solo es la época en la que empezamos a entender cómo es el mundo y construimos nuestra percepción de la realidad sobre los fundamentos de esos aprendizajes, sino que nuestro cerebro se desarrolla a un ritmo tan veloz que cualquier pequeña alteración en la manera en la que se comunican nuestras neuronas puede dejar una huella... o heridas emocionales que se irán reproduciendo en los años venideros.

Y es que el impacto que el ambiente tiene sobre nosotros cuando somos niños puede ser un cambio para bien o para mal. Los cambios para bien ya los conocemos: el aprender a leer, movernos, comunicarnos, realizar operaciones, y todo lo relacionado con la educación básica dentro y fuera de la escuela. Sin embargo, los cambios para mal, que aflorarán en nuestra vida adulta, ya son más difíciles de identificar.

Las heridas que nuestra niñez deja en nosotros

Las experiencias dolorosas que ocurren durante nuestros primeros años pueden llegar a ser un borrón confuso en nuestra memoria, por lo que no es fácil relacionarlas con los hábitos y los patrones de conducta insanos de nuestra adultez.

Este listado de heridas emocionales es una pauta para saber identificar esas huellas que pudieron dejar una marca en nosotros hace años.

1. Actitud a la defensiva

La forma básica de experiencia dolorosa es el maltrato fundamentado en las agresiones físicas o verbales. Las personas que han sufrido golpes o insultos durante su niñez y/o adolescencia tienden a mostrarse inseguras durante la adultez, aunque no necesariamente tímidas. En muchos casos, un simple gesto con la mano puede llegar a sobresaltarlas y a hacer que se pongan a la defensiva con un respingo.

Esta actitud a la defensiva no solo se plasma físicamente, sino también psicológicamente: estas personas muestran una propensión a la desconfianza, aunque no la manifiesten siempre con hostilidad sino, en ocasiones, con educada reserva.

2. Aislamiento constante

Los niños y niñas que sufren falta de cuidado pueden llegar a desarrollar grave alteraciones al llegar a la edad adulta, especialmente si son sus padres quienes no les dispensan los cuidados necesarios. Tal y como se empezó a ver a través de los estudios de los psicólogos John Bowlby y Harry Harlow, el aislamiento durante la niñez está relacionado con serios problemas afectivos y relacionales en la adultez, así como con disfunciones sexuales.

3. Ansiedad y miedo a los demás

Si el aislamiento se produce de un modo más moderado, sus consecuencias en la edad adulta pueden llegar en forma de dificultades en las competencias sociales y una intensa ansiedad a la hora de entablar trato con desconocidos o de hablar para una audiencia de muchas personas.

4. Miedo al compromiso

El hecho de haber establecido vínculos afectivos fuertes que luego se truncaron de manera repentina puede llevar a que aparezca un miedo a entablar otros lazos amorosos. El mecanismo psicológico que explica esto es el fuerte dolor que produce recordar lo que es sentir un fuerte afecto por alguien y pasar mucho tiempo con esta persona: no se puede evocar simplemente esas experiencias agradables que se pasaron en compañía sin pasar por la influencia de los recuerdos sobre la pérdida de ese vínculo.

La filofobia, o miedo extremo al enamoramiento, es un ejemplo de este fenómeno.

5. Miedo al rechazo

Tanto la negligencia como los maltratos o el bullying escolar pueden hacer que nos sintamos predispuestos a auto-excluirnos de los círculos sociales informales. Estar acostumbrados al rechazo desde unas edades en las que no tenemos las herramientas para entender que la culpa no es nuestra hace que dejemos de luchar por exigir un trato digno, y el miedo al rechazo hace que ni siquiera nos expongamos a recibir las valoraciones de los demás. Simplemente, nos dedicamos a pasar mucho tiempo a solas.

6. Desprecio por los demás

Las heridas emocionales recibidas durante la infancia pueden hacer que incorporemos conductas clásicas de la sociopatía a nuestra manera de comportarnos. Como se tiene la sensación de que los demás se han comportado como depredadores cuando éramos vulnerables, pasamos a incorporar a nuestro esquema de pensamiento la idea de que la vida es una guerra abierta contra los otros. De esta manera, los demás pasan a ser o posibles amenazas o potenciales formas de alcanzar los objetivos que se ansían.

7. La dependencia

Haber sido sobreprotegidos por los padres o tutores hace que nos acostumbremos a tener todo lo que queremos y que, al llegar a l vida adulta, vivamos en un eterno estado de frustración. Lo más negativo de esto es que, para huir de esta frustración, se busca una nueva figura protectora, en vez de luchar por aprender las conductas necesarias para ganar autonomía sobre la propia vida.

Es una clase de comportamiento típico de las personas que han sido acostumbradas a mostrarse caprichosas y a exigir cosas de los demás.

8. El síndrome del esclavo satisfecho

Haber sido sometidos a situaciones de explotación durante la infancia, aunque ésta consista en estar obligados a pasar la mayor parte del día estudiando por exigencia de los padres o tutores, hace que se muestre una predisposición a ser explotado en la vida adulta. Se entiende de esta manera que el valor de uno mismo como persona que vende su fuerza de trabajo es muy bajo, y que esto debe ser compensado a través de largos periodos de trabajo diario.

En un contexto con mucho paro, esto puede llevar al estancamiento profesional, ya que se tiende a aceptar todos los trabajos precarios que se ofertan.

Además, se pasa a sentir gratitud por las personas que se benefician de esta explotación, algo que puede ser llamado síndrome del esclavo satisfecho.