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La felicidad y el derecho a estar triste


“No pasa nada, no estés triste, venga, seca las lágrimas y sonríe... Pareciera que así el problema deja de existir, por lo menos para los demás.

Nuestra cultura occidental insiste en que el bienestar o la felicidad es la usencia de incomodidad, de frustración, de tristeza. Por lo tanto, no se da lugar a este tipo de emociones al asociarlas con fracaso personal, y por ello se tienden a ocultar.

La felicidad no es la negación de la tristeza

Es común escuchar: pero si lo “tienes todo”, ¿por qué estás triste? Es verdad que si no cubrimos nuestras necesidades básicas, es difícil construir experiencias gratificantes, pero con lo que me encuentro habitualmente es que el bienestar para la mayoría de las personas está asociado con el tener, más que con el ser; y es natural porque lo hemos aprendido desde pequeños: tal persona es feliz, a pesar de que no tiene mucho dinero; o tal persona es infeliz aunque tiene mucho dinero, como si un aspecto fuera condicional respecto al otro.

¿Qué es tenerlo todo?

Aquí es cuando se va desdibujando la premisa de que si tengo una buena economía y salud “tendría que estar feliz”, porque paradójicamente muchas personas, en dichas circunstancias favorables, refieren una sensación de “vacío”, cuyo significado es la “ausencia de” y ahí es cuando surge la pregunta: ¿ausencia de qué? Las respuestas suelen ir ligadas a aquellos aspectos a los que restamos importancia: ausencia de relaciones significativas, ausencia de amor propio, ausencia de una meta o un sentido que no esté ligado al tener algo material.

Tenerlo todo, entonces, podría estar encaminado hacia aquellos aspectos que “llenan o dan plenitud” los cuales tienen que ver mas con la relación que establecemos con nosotros mismos en relación a la interpretación del mundo y de los demás.

Escuchar en el vacío

Muchas personas que acuden al a consulta refieren que no se sienten escuchadas, que tan pronto intentan hablar de su dolor se interrumpe su discurso con consejos para que no estén tristes, o con frases como "no hablemos de cosas tristes", lo cual no estaría mal si se dijera tras haber dado lugar a la expresión de la tristeza libre y ampliamente, pero se suele interrumpir a quien sufre. Y ahí es cuando surge el problema: se condena a la tristeza y esta continúa inexpresada con toda su intensidad emocional en el interior de la persona.

A veces hay alivio solo en el compartir la tristeza, aunque por parte del oyente no se dé el gran consejo o la solución, porque al hablarlo y sentirse escuchado, la psique de la persona va organizando el contenido cognitivo y puede repercutir en una mejor gestión emocional.

Pero, por otra parte, está el escucharnos a nosotros mismos en silencio, sin luchar, sin condenarnos con pensamientos del tipo “otra vez, yo sintiéndome mal”... más bien escuchando lo que nos quiere decir el síntoma de la tristeza o "el vacío”. Cuando aparece, suele tener una función, nos da cuenta de algo que nos vendría bien observar, cambiar o fortalecer.

Puede estar relacionado con nuestros hábitos, con nuestras relaciones con los demás o con nosotros mismos, con el perdón, con la ausencia de sentido. Cuesta escucharla porque no es agradable, pero si lo fuera no nos llevaría a preguntarnos sobre aquello que cambiar, igual que si no sintiéramos dolor en nuestra mano sobre el fuego, muchos de nosotros las tendríamos rostizadas e inservibles.

Por eso es importante dar lugar a la tristeza con naturalidad y sin condena. Eso sí, vale aclarar que muy distinta es la depresión, que requiere otro tipo de análisis que seguramente escribiré en otra ocasión.

¿Qué es la felicidad, entonces?

Creo que este concepto es muy diverso y tiene que ver con las motivaciones y características individuales, pero si hay un común denominador que podría observar, es que está relacionado con la manera como gestionamos o autorregulamos nuestras emociones.

Entonces, ¿la felicidad es la ausencia de tristeza? No necesariamente, tiene más que ver con la intensidad de la tristeza y el lugar que damos a la misma. La tristeza necesita expresarse y el dolor también, porque cumplen una función liberadora, transformadora, e incluso creativa; a veces la incomodidad nos lleva a tomar decisiones que generen un cambio que nos haga bien aunque a veces el camino no sea muy cómodo.

Si la felicidad fuera la ausencia de sensaciones negativas o tristes, negaría nuestra naturaleza humana, y la clave es la dirección que le damos a esos sentimientos negativos: los aceptamos, los expresamos, comprendemos lo que nos quieren decir y actuamos, o por el contrario los ocultamos, los negamos, los condenamos y dejamos que aparezcan en un estallido por no darles lugar… esos estallidos, cuando traen una carga muy alta por haberlos negado durante mucho tiempo, se convierten en problemas importantes relacionados con el estado de ánimo.

El bienestar o felicidad, entonces, se basa en la gestión emocional que poco tiene que ver con ocultar o negar el afecto negativo, o con un estado de alegría constante. Más bien de trata de expresar, dar lugar y comprender el mensaje que subyace a las emociones sin juicio, sin culpa pero con acciones.