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Elementos previos a la intervención traumática en niños y adolescentes


Independientemente del enfoque terapéutico, toda intervención psicoterapéutica con niños y jóvenes requiere de saber adaptar adecuadamente dicha intervención.

Para ello debemos iniciar el abordaje terapéutico desde la perspectiva del neurodesarrollo y del apego, entendiendo adecuadamente los estados emocionales y madurativos asociados a la experiencia del trauma que hayan podido experimentar.

Adaptando la intervención psicoterapéutica en menores

En la medida que el trauma haya sido más temprano y los recursos del presente sean escasos, el foco inicial de la intervención debería dirigirse al juego de la interacción. Es decir, propiciar la relación mediante el juego, estimulando la curiosidad para poder llegar a través de dicho juego, tanto a la regulación como al vínculo.

El juego es un medio extraordinario de cautivar la atención y el interés. Esto implica que el terapeuta infantil tiene que poseer o desarrollar la capacidad de integrar el juego de forma lúdica y agradable, que no sea un deber en el proceso terapéutico, sino placer y curiosidad.

Además, debe ser capaz de transmitir a la familia que el juego es terapéutico per se, y hacerles partícipes del mismo si los padres están preparados para ello. Si lo están, deberán participar en las dinámicas de juego y propiciarlas entre sesiones; en caso contrario habrá que preparar previamente a los padres, en la medida de lo posible. No hay nada que vincule más y mejor que compartir momentos de satisfacción conjunta.

En el caso de los adolescentes, va a ser muy importante contar con baterías de dinámicas que cautiven su interés y que sean medios para acceder a su mundo interno.

El apego

Integrar en el proceso a las figuras de apego o cuidadores es fundamental; no tenemos niño ni adolescente sin padres o sin cuidadores. Ellos son los que tienen la capacidad de amortiguar el impacto de la vida, tanto de las experiencias positivas como de las experiencias negativas.

La mejor intervención no es aquella que se dirige exclusivamente a la sintomatología que presenta el niño o la niña o el joven, sino que es aquella que comprende además cómo el vínculo, la relación dentro del sistema familiar, amplifica o dificulta el salir del ciclo del síntoma o de la conducta problema.

Los aspectos biológicos del apego

Cuando el apego no es lo suficientemente seguro, la biología hormonal nos puede servir de guía hacía los estados que queremos emular y alcanzar para que se produzca una evolución en el estilo de apego hacía un apego más seguro.

En las interacciones seguras se produce un equilibrio entre varias hormonas. Por un lado, la oxitocina, que estimula el vínculo y se activa cuando mostramos interés a través de expresiones cálidas faciales, ojos, miradas, con las caricias y los abrazos, con la empatía y la atención plena dirigida hacia alguien o hacia nosotros mismos (como ocurre en la meditación).

Así, la oxitocina facilita que llevemos la atención hacia las sensaciones y emociones positivas de la experiencia; es la hormona tímida que se inhibe ante la falta de interés y contacto.

Además, esas interacciones seguras propician la presencia de la serotonina, conocida como la hormona de la alegría o de la autoestima, ya que la segregamos ante la alegría del éxito y los logros, así como cuando descubrimos la satisfacción y el orgullo que el otro siente al tomar conciencia de nuestros méritos. Igualmente, la serotonina también es facilitada por el deporte, la naturaleza, y se inhibe ante el estrés, la falta de sueño, la adversidad o malas noticias.

Y la tercera hormona presente en la interacción segura es la dopamina, que se segrega ante el placer, la excitación, las sensaciones agradables y placenteras.

Para el bebé y el niño toda esa experiencia sensorial agradable se logra en contacto con su figura de apego principal, normalmente la madre. No es de extrañar que se llegue a decir que la separación de un bebé de su figura de apego principal, generalmente la madre, genera una reacción similar a la abstinencia.

Y si observamos bien el juego, veremos como es la actividad idónea que nos puede llevar a esa relación distendida y placentera, en la cual terapeuta y los padres centran toda la atención. En esa interacción a través del juego y la relación se produce el equilibrio entre las tres hormonas.

La terapia del juego

La terapia del juego conoce muy bien las bondades de éste; así pues, la combinación de dinámicas de juego en las fases de estabilización psicológica, en las cuales se propicie vivenciar lo que ha faltado o falta en las interacciones familiares, nos abre nuevas oportunidades para reparar o amplificar los sistemas regulatorios.

Todo ello va a propiciar tanto la regulación en contacto con el otro, diádica, como la autorregulación sin caer en la sobre focalización del juego, donde el otro resulta molesto.

Saber leer la expresión corporal del niño en el momento presente, reflejo del dolor y de sus dinámicas defensivas ante la situación problema y de la relación familiar, es imprescindible, y ello nos da la oportunidad de crear un estado de co-conciencia que nos permitirá transformar y cambiar las creencias subyacentes.

En la infancia y la adolescencia la terapia se basa en la interrelación generada mediante el juego y el desarrollo de la narrativa. Ambas permiten que el niño y el joven se vayan apropiando de su historia. Y es imprescindible que el sistema familiar acompañe y ande a la par. Si esto no sucede solo podremos solventar el síntoma de manera temporal.

Trauma infantil y EMDR

La intervención en traumas

A veces los terapeutas somos demasiado osados ante la infancia y la adolescencia y consideramos que, con un niño, cualquier cosa vale: contarle una historia, realizar tapping mientras la contamos, etc. Y no somos conscientes de que estamos exponiendo al menor, con experiencia traumática temprana, a una información y a una experiencia interna que no sabe comunicar y tampoco manejar.

Por ello es fundamental formarse adecuadamente en las terapias con enfoque de trauma, como EMDR, y realizar el recorrido de formación propio de la terapia infantojuvenil, para así llegar a ser un buen practicante de EMDR niños y adolescentes.

EMDR Europa recomienda que solo los terapeutas formados en EMDR niños y adolescentes intervengan terapéuticamente con el modelo EMDR con la población infantojuvenil y con los adultos que presenten alguna discapacidad cognitiva, ya que solo ellos van a estar preparados para realizar las adaptaciones precisas a cada etapa de desarrollo tanto cognitivo, emocional como psicomotor.

Autora: Cristina Cortes Viniegra, Trainer EMDR Niños y adolescentes y Directora de Vitaliza Psicología de la salud.