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Una mirada humana acerca de la pandemia de la COVID-19


A más de un año de que la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró la pandemia de la COVID-19, se habla de lo que se conoce como fatiga pandémica en la población mundial, en general, y en el personal sanitario, en particular.

Este reportaje ha sido elaborado con el fin de humanizar esta situación; sus entrevistas fueron recopiladas por escrito, y su objtivo es mostrar, por un lado, el testimonio de una médica general de Ecuador, Kathy Díaz, que cuenta su experiencia sobre cómo fue la pandemia en su país desde el año pasado hasta ahora, y por el otro, dar una mirada panorámica de la situación a escala mundial.

Díaz habla, entre otros aspectos, sobre cómo halló la manera de adaptarse a la situación a lo largo de lo que ha sido este camino, con todas sus subidas y sus bajadas, y de cómo trató de brindar empatía, resiliencia, sosiego, capacitación, agilidad y conocimientos aun cuando ella misma estaba intentando luchar contra una enfermedad tan imprevista como desconocida... un problema contra el que también han luchado tanto sus pacientes como sus compañeros de trabajo.

Una experiencia que ha tenido un significado para todos aquellos para los cuales las víctimas no son solamente números que suman o restan, sino caras inolvidables, sufrimiento y, sobre todo, vidas que se pudieron haber salvado en otras circunstancias.

“Hace un año no sabíamos a qué nos estábamos enfrentando. Éramos un grupo pequeño de médicos que trabajaban en Emergencia. No sabíamos cómo íbamos a trabajar, cómo íbamos a brindar atención a tantos pacientes contagiados por un virus que era nuevo, y lo peor era que, en muchos países, esta enfermedad estaba en tratamientos experimentales.

A ello se sumaba el aislamiento hacia nuestras familias, los equipos de protección, las situaciones de impotencia y dolor, el trabajo interminable. Todo esto nos ahogaba, y digo ahogaba porque todos sentíamos una presión en el pecho, un nudo en la garganta; la incertidumbre era inexplicable.

Al principio, teníamos los equipos de protección necesarios para cuidarnos durante las 24 horas del turno, no nos importaba deshidratarnos, sentir dolor de cabeza, eso era lo de menos. El miedo a contagiarnos, el temor a llevar el virus a la casa, nos hacía tolerar el calor insoportable que implicaba tenerlos puestos.

Muchos pacientes fallecieron, mi hospital se volvió centinela solo para atender la COVID. Se saturó el sistema de salud hasta tal punto de que no teníamos dónde ingresar un paciente; presenciar muertes en la entrada del hospital, pero sin poder hacer nada; familiares que llegaban con sus seres queridos en brazos, pero sin signos vitales, suplicando que les salváramos la vida... Era una situación muy dolorosa. Atender a pacientes que no dejaban de llegar porque necesitaban oxígeno, y ya no tener ni eso, es desesperante; compañeras que se contagiaron y cuya presencia nos haía falta; compartir el dolor de mi compañero al perder a su padre por la COVID en nuestro hospital, y verle seguir trabajando por los pacientes, nos empujaba a seguir adelante”.

Kathy Díaz es médica residente de Cuidado Crítico de un hospital de Quito, Ecuador. Dicho centro de salud pasó a ser centinela debido a la pandemia de la COVID-19. Aun cuando es médica desde hace ocho años, afirma que nunca pensó vivir una situación semejante, y es que, en realidad, la mayoría de los habitantes del mundo no estaban preparados para ello.

Sabe de primera mano lo que significa esta enfermedad desde el punto de vista físico y mental, enfermedad que, para el momento en el que se escribe este reportaje a mediados de junio, lleva (de acuerdo con el centro de monitoreo de la Universidad Johns Hopkins de Medicina, de Estados Unidos) más de 178 millones de casos confirmados y más de 3 millones 800 mil fallecimientos a escala mundial. Esto, pese a que van más de 2 mil 600 millones de vacunas administradas, cifra que, aunque alentadora, no cubría ni la mitad de la población mundial.

Estados Unidos, la India y Brasil siguen encabezando la lista de países con más casos confirmados y muertes, aunque, de acuerdo con la OMS, estos han disminuido en los últimos días.

En lo que respecta a Ecuador, van más de 445 mil casos confirmados y más de 21 mil muertes, entre ellos médicos, enfermeros y demás miembros de los centros de salud.

Ecuador, por cierto, fue un país que se volvió noticia al principio de la pandemia (esta fue declarada como tal por la OMS a mediados de marzo de 2020) por el número de contagios, el colapso del sistema de salud pública y el desbordamiento de los servicios funerarios. Las provincias del Guayas y de Pichincha, cuyas capitales son Guayaquil y Quito, respectivamente, y las cuales tienen un mayor número de habitantes en todo el país suramericano, han resultado más afectadas.

Y es que esta enfermedad imprevista puso a prueba de manera rotunda y prolongada la capacidad, preparación, cultura preventiva y resistencia de tanto los sistemas de salud como del personal sanitario de todo el mundo. También la salud mental de la población (entre ellos, de los presos comunes, los presos políticos, los inmigrantes y refugiados, las personas con discapacidad, las personas con condiciones de salud física y mental previas, los niños, las mujeres y los mayores), en general, y la del personal asistencial, en particular.

Fatiga pandémica

Para octubre de 2020, Hans Henri P. Kluge, director regional para Europa, de la OMS, señaló mediante una nota de prensa que los países europeos estaban reportando, tal como se esperaba, un aumento en el grado de la fatiga pandémica.

Así, partiendo de datos de encuestas que se hicieron en países de la región, se calculaba que dicha fatiga era, aunque dependía de cada país, de más del 60% en algunos casos.

La fatiga pandémica es el estado de agotamiento emocional, debido al largo tiempo que ha significado la pandemia, la tensión, las preocupaciones, el miedo y el empleo constante de medidas de protección como el distanciamiento social y los confinamientos.

La fatiga pandémica, por ende, puede incidir en el estado de ánimo, las conductas y las relaciones de la gente, que podrían relajarse con respecto a dichas medidas, a no buscar información confiable y a no darle importancia al coronavirus, pese a las advertencias del riesgo de rebrotes y a la aparición de variantes, por un lado, y al aumento de casos confirmados y muertes en algunos sitios, por el otro.

También, por el hecho de que algunas personas, habiendo ya sido vacunadas contra la COVID-19, piensen que están a salvo de cualquier contagio, y subestimar dichas medidas de protección tanto para ellos como para los demás.

“Recuerda que vacunarse no impide ―advirtió Kluge en un tuit a mediados de junio― enfermarse o contagiar el virus. Sin embargo, las vacunas disminuyen la posibilidad de enfermarse gravemente o de morir por la COVID-19”.

A las consecuencias de la fatiga pandémica hay que sumarle tanto el hartazgo de oír hablar sobre el nuevo coronavirus como las denuncias de opacidad o manipulación informativa en algunos países.

Esto último agrava la situación de impotencia, angustia, rabia, miedo, estrés, depresión y ansiedad que podrían estar viviendo algunas personas ante el desconcierto y la falta de cifras reales; el duelo de individuos y familias por haber perdido a sus parientes o amigos, y por no haberlos podido despedir mediante ceremonias religiosas; el desasosiego y el ahogamiento por la crisis económica, el desempleo, los desalojos, la violencia doméstica, la inmigración, etc.

En este sentido, el personal sanitario venezolano, por ejemplo, está atravesando una situación calamitosa a causa de no solo la COVID-19, sino también por la negligencia oficial y la crisis humanitaria, que ha venido golpeando a la población durante los últimos años.

Así, el personal del sistema público de salud, que no es una excepción a la crisis, debe batallar día a día contra la precariedad y, con ello, la falta de servicios básicos, como, por ejemplo, agua, electricidad, combustible; la falta de insumos y equipos de seguridad, los bajos sueldos, la inseguridad, las amenazas o las detenciones si denuncian…

De este modo, Médicos Unidos Venezuela indicó, de acuerdo con el medio El Diario, que desde el 16 de junio de 2020 han muerto 651 trabajadores.

“A un año del primer fallecimiento de un trabajador de la salud seguimos exigiendo lo mismo: equipos de protección, insumos, medicamentos, seguridad y vacunas no es mucho pedir”, publicaron mediante un tuit, también a mediados de junio.

Ya para enero de este año la Asociación Médica Mundial (WMA, por sus siglas en inglés) publicó un comunicado en el que especialistas hicieron un llamamiento a la cooperación internacional para combatir juntos el coronavirus, la colaboración de la población mundial para ayudar a frenar los contagios y, en especial, a vacunarse, y la necesidad de aumentar la inversión en los sistemas de salud. También se reconoció la labor del personal sanitario, pese a los riesgos que han corrido a causa de los contagios.

“Poco a poco aprendimos a lidiar con todo, teníamos que ser fuertes. Llegó personal de salud nuevo, el cual anhelábamos, desesperadamente, que fuera contratado. Pasamos de ser de seis médicos, por guardia, a quince, y eso fue aliviador. Sin embargo, la cantidad de contagios aumentaban. El trabajo era tal que muchas veces no comíamos, ambulancia tras ambulancia llegaban y pedían oxígeno para los pacientes que estaban en ellas, pero no teníamos; todos los tanques estaban ocupados con pacientes sentados en sillas; la mayoría, descompensados, esperando una cama, esperando a que alguien muriera para que esa cama se liberara.

Ni que hablar de las historias de todos los pacientes que hemos atendido: han sido tan tristes que el solo recordarlas hace que vuelva a llorar. Madres, padres, hermanos, e incluso familias enteras ingresadas en el hospital; unos lo lograron y le ganaron la batalla a este letal virus, y otros la perdieron. Llamar a sus familiares y tener que comunicarles el fallecimiento de su ser querido es muy triste. Los gritos, la desesperación de quien o quienes reciben la noticia, es indescriptible.

Todos los médicos nos preparamos para hacer el comunicado, respiramos profundamente, intentamos que la voz no se quiebre, pero es imposible. Muchas veces he llorado con la persona que recibió mi llamada. Lamento en lo más profundo de mi corazón dar esa noticia.

Crisis sanitaria

A su vez, cuando pensamos que nada podía ser peor, nos comenzaron a faltar los medicamentos para la sedación. Pueden imaginar lo que es eso, lo desesperante que es escuchar la bomba de infusión indicando que el medicamento se está acabando, racionando los medicamentos, y ni que decir de las protecciones personales, las cuales también comienzan a faltar, por lo que decidimos comprar con nuestro dinero.

Entre el mes de septiembre y octubre de 2020 sentimos un pequeño respiro, parecía que los contagios bajaban y había una que otra cama libre, pero no duró mucho cuando nuevamente aumentaron. Ahora eran pacientes más jóvenes, que, en su momento, gozaban de excelente salud, y otra vez estamos viviendo el colapso del sistema de salud, la falta de camas, la falta de medicamentos psicotrópicos, el cansancio físico y mental”.

El Gobierno de Ecuador publicó, por su parte, la página oficial CoronavirusEcuador.com, en la que la población puede ver, entre otros aspectos, información relacionada con la salud mental en casos de emergencia.

Señaló que las reacciones más comunes en situaciones así, entre las que se encuentran precisamente las pandemias, son:

  • Temor y preocupación por la seguridad de tanto la persona como de sus seres queridos.
  • Cambios en los patrones de sueño o de apetito.
  • Cambios en el estado de ánimo. Es decir, que pueda haber angustia, inseguridad, incertidumbre, irritabilidad, impotencia, ira.
  • Preocupaciones sobre el futuro, problemas de concentración y pensamientos repetitivos o catastróficos.
  • Dolores físicos, aunque sin ninguna razón médica que lo justifique. También, palpitaciones, molestias gastrointestinales, etc.
  • Empeoramiento de problemas anteriores de salud mental.
  • Incremento en el consumo de tabaco, alcohol y otras drogas.

De este modo, la prolongación e intensificación de un mal estado de ánimo, físico o mental puede llevar a la aparición o al empeoramiento de problemas laborales. Tal es el caso del estrés, el acoso laboral (también llamado mobbing) y el síndrome de burnout (síndrome del desgaste profesional o síndrome del trabajador quemado).

Estas situaciones pueden causar, entre otros daños, estrés, ansiedad, depresión, estrés postraumático, deterioro de la autoestima, inseguridad, desconcentración, falta de descanso reparador, miedo y un mayor riesgo de cometer errores… y el personal sanitario no escapa a ello.

Elizth Pauker, médica general y cirujana, con posgrado en psicooncología, y coordinadora y fundadora de la Comunidad de Mujeres Médicas, del Ecuador, señaló que diferentes problemas que ya se estaban arrastrando en el campo de la salud de ese país se evidenciaron mediante la pandemia y que esto repercute en el estado de ánimo, físico y mental de los trabajadores del sector.

“En todo el territorio nacional se exteriorizaron situaciones difíciles para el personal de salud, caracterizadas por una serie de limitaciones para su resolución, agravando la emergencia. Adicionalmente a ello, las situaciones de precariedad laboral persistentes como una enfermedad crónica, que sufre el Sistema Nacional de Salud desde hace mucho tiempo, evidenció sus consecuencias como una reagudización del burnout y el sufrimiento emocional de las y los profesionales.

La pandemia ha sido una oportunidad para dejar al descubierto las condiciones anteriormente mencionadas, producto de la negligencia de las autoridades o gestores, en desconocimiento de los requerimientos o exigencias de los servicios de salud para enfrentar la emergencia sanitaria. Esta vez han ganado la corrupción y la impericia en la administración de la atención sanitaria y del talento humano en salud, cuyo resultado son la cifra de los fallecidos, lección importante en la búsqueda de mejorar al SNS”, afirmó Pauker.

A ello agregó que tanto Guayaquil como Quito fueron las provincias más afectadas no solo por el número de casos confirmados y fallecidos, sino también por las condiciones en las que se ha debido enfrentar la pandemia. En este sentido, los jóvenes, como parte del personal de salud, se han destacado entre los afectados.

“Guayaquil y Quito han sido las ciudades más afectadas no solamente por el número de ciudadanos infectados o fallecidos por el SARS-CoV-2, sino por las condiciones improvisadas en las cuales se desarrollaron las atenciones.

La falta de liderazgos, el reducido acceso a información adecuada, los escasos centros y medios de derivación, la situación de los hospitales, la ausencia de equipos de protección personal (EPP), entre otros, son las circunstancias en las cuales nos hemos expuesto a desarrollar las atenciones.

A ello sumamos la falta de recursos emocionales para gestionar las emociones en periodos de crisis por parte de los y las profesionales de la salud, que ha recaído en los más jóvenes, quienes, a la fuerza, enfrentaron situaciones para las cuales no estaban preparados.

En el caso de Quito, las incivilidades generaron frustración e incremento del distrés en los profesionales de la salud. Estos actos de irresponsabilidad de la población confrontaron a los esfuerzos por salvar el mayor número de vidas desde la sanidad”, aseguró.

“Cada uno de los pacientes que hemos atendido ha dejado una huella profunda. Muchas veces con sensación de impotencia, angustia, dolor, que lo guardamos y que es una bomba de tiempo.

Cuántas veces hemos presenciado el llanto de un compañero y no hemos podido dar un abrazo de reconfortamiento; cuántas veces hemos presenciado el llanto de un paciente porque extraña a sus seres queridos. Llevan días sin saber de ellos, perdidos en el tiempo, y lo único que les podemos ofrecer en esos momentos es una videollamada a su familiar, y muchas veces esa es la última llamada; es hermoso y triste a la vez, estamos con las emociones a flor de piel por todas las cosas que escuchamos que su familiar le dice al paciente y viceversa.

Algunos pacientes se despiden como si esa llamada fuera lo único que esperaban para partir de este mundo terrenal; otros toman fuerzas y luchan contra esta enfermedad. Pese a que han tenido todo en contra, sus avances han sido impresionantes.

Pero no todo ha sido malo, porque aprendimos a ser más solidarios, más empáticos, somos más compañeros, grandes amigos, un gran equipo de trabajo, unos profesionales con más experiencia y muchas especialidades unidas para la atención al paciente.

Por otro lado, soy médico desde hace ocho años y nunca pensé pasar por todo esto. Al principio, pensé que la pandemia duraría unos meses, unos seis meses para ser exacta, pero, al pasar los días, veía lejos esa opción.

Comencé trabajando con todo el amor, la paciencia y el esfuerzo que se necesita; sin embargo, todo lo que he vivido me ha hecho perder la esperanza en la gente: abuelitos que llegan al hospital sin tener idea del porqué se contagiaron, ahogándose, suplicando que no les dejáramos morir, porque su viejito se quedaría solito (haciendo referencia a su cónyuge). Algunos son olvidados por su familia, parecía que querían deshacerse de ellos; otros, muy necesarios para su familia, están todo el tiempo pendientes de ellos.

He tenido tantas experiencias... He visto morir a muchísimas personas; la mayoría de los rostros no los olvidaré nunca. Recuerdo el caso de una familia que llegó al hospital; esta estaba conformada por mamá, papá e hijo. Todos graves, todos estaban intubados. Los padres fallecieron. Todos los que trabajamos en esa área sentíamos tristeza.

El joven mejoró y logramos retirarle el tubo de la boca, pero, en unas horas, lo primero que preguntó fue por sus padres. Mi compañero y yo nos miramos; yo tenía un nudo en la garganta, una presión en el pecho. Le dijimos: ''Descansa, tienes que recuperarte''.

Cómo decirle que sus padres habían muerto, si antes de la intubación, él había dicho que había sido el culpable de haberles contagiado. ¡Qué dolor más grande iba a sentir!

Por otro lado, aprendí a manejar un ventilador mecánico, cosa que, para mí, como médico general, solo lo hacían los intensivistas, los anestesiólogos y emergenciólogos, pero la pandemia cambió mi opinión. Aprendí a manejar a pacientes críticos y eso fue lo que más me gustó de mi profesión, pero, a la vez, fue lo que más me entristeció porque la mayoría de los pacientes graves no ganan la batalla.

¡Poder retirarle el ventilador a un paciente y ver que puede respirar por él mismo es la emoción más grande!”.

Néstor Rubiano, referente de salud mental de Médicos Sin Fronteras (MSF), en México, acotó que la fatiga pandémica en este momento, en el caso particular del personal sanitario mundial, dependerá de las condiciones de trabajo en las que se halle cada uno y según cada zona en la que se encuentre.

“La situación depende mucho de cada país o de cada región. Por ejemplo, no ocurre lo mismo en Norteamérica, donde los recursos y las tasas de vacunación son mayores, que en otros lugares donde abunda la incertidumbre, el miedo y el dolor. En México, especialmente, que es donde trabajo, creo que existe un cansancio del personal de la salud a pesar de que ha bajado la morbilidad y la mortalidad, al menos en comparación con el año anterior. Creo que es una situación que está relacionada, por ejemplo, con las condiciones de trabajo, los salarios, los turnos que deben hacer, entre otras cosas”, dijo.

Acotó ―con respecto a qué recomienda para que el personal de salud se proteja física y mentalmente y, así, a su familia y amigos― que es importante que sean tratados con dignidad; reconocer su esfuerzo mediante contratos decentes; apoyo psicosocial, espacios dignos de trabajo, insumos, inversión en recursos humanos, capacitaciones, programas médicos y ayudas diagnósticas, etc.

Por otra parte, Indira Ullauri, psicóloga clínica y gerente general de Superar Centro Integral de Psicología, de Quito, Ecuador, agregó que siente admiración por la entereza, el empuje, la disciplina y el tesón de Kathy Díaz, quien acudió a su orientación psicológica en busca de alivio, desahogo y recuperación, y quien, siendo miembro del personal sanitario ecuatoriano, sabe de primera mano lo importante que es cuidarse física y mentalmente.

“No he podido dejar de conmoverme ante el cansancio, la aflicción, el miedo, el dolor y la impotencia de Kathy. Cuán vulnerables somos, pero, a su vez, cuán potenciales somos. (…) Admiro cada martes cuando Kathy llega luego de su turno, sin haber dormido, salvando a unos y quebrantada por otros que se fueron. Admiro la fortaleza que encontraron en equipo, la contención que entre ellos se brindan, la sonrisa cuando cuenta que extubaron a alguno de sus pacientes, así como también me conmueven sus lágrimas cuando cuenta el final de muchas historias”, afirmó.

“Al comienzo de la pandemia no veía que los pacientes salieran del ventilador; sin embargo, los nuevos estudios científicos nos siguen dando la directriz a todo el equipo del hospital para intentar otro tratamiento.

He llorado tantas veces, he tenido ataques de pánico, tuve depresión, ansiedad, todo esto por la gran carga emocional que se vive en un área de Cuidado Crítico. Tener segundos para intubar a alguien, hacer resucitación cardiopulmonar y, mientras lo hago, rezo por que ese paciente regrese a la vida. Algunos lo hacen; otros no. Muchas veces me alegro, dado que mi paciente intubado está respondiendo de manera adecuada, y entonces creo firmemente que va a salir del respirador, pero, para mi sorpresa, al regresar a mi turno, me entero de que falleció, que tuvo múltiples fallas en otros órganos y que no resistió.

Hoy, a un año y dos meses de estar cara a cara con el COVID, sigo trabajando con amor y paciencia, pero cansada física y emocionalmente. Gracias a Dios, ya no tengo depresión, mas la ansiedad y el estrés se presentan en algunas ocasiones. No obstante, con la ayuda de mi psicóloga y de mis compañeros de trabajo, esto se hace más llevadero y, la mayoría de las veces, sé que todos los miembros del equipo de trabajo estamos así. El hablar unos minutos y expresar cómo nos sentíamos nos alivia mucho”.

Autora: Adriana Ramírez, del centro de psicología Superar.