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¿Por qué nos cuesta tanto sentir paz?


Solemos vivir atrapados en la máquina del hacer, probándole al exterior nuestra valía; nos ponemos metas, las logramos, y vamos a por el próximo desafío. Cuando algo no nos sale bien, nos reprochamos y juzgamos.

No hay calma en esa carrera, en la búsqueda de aprobación exterior, o en machacarnos. Cuando vivimos de afuera hacia adentro perdemos nuestra paz interior.

El bucle de demostrar al resto nuestro valor

Piensa en todo lo que puede estar obstaculizando tu tranquilidad. ¿Estás muy pendiente de complacer a los demás? ¿Tienes que demostrarle a alguien que eres capaz? ¿No sabes poner límites? ¿Te obsesionas con algunos pensamientos? ¿Te compras creencias que te dicen que no estás a la altura de tus circunstancias? ¿Tienes tendencias perfeccionistas o controladoras? ¿Te recriminas dichos y acciones?

Si has respondido que sí a cualquiera de estas preguntas tienes la respuesta al título de este artículo. El desafío es cómo sanar tanto dolor y tanta auto-traición. Déjame decirte que se puede, con el trabajo sobre sí adecuado, podemos empezar a sentir sosiego.

Hay una cita de Cicerón, el sabio escritor y filósofo romano, que antaño quedó impresa en mi alma, “Una vida feliz consiste en tener tranquilidad de espíritu”. Así de simple y contundente, ésta es una invitación a vivir de dentro hacia afuera. En la medida que estemos conectados con nuestra verdadera esencia, nuestra bondad más profunda y nuestras necesidades en el momento presente, nuestros miedos, angustias, y rabia se apaciguarán.

Autosuperación constante

Lamentablemente, olvidamos nuestra brújula interna y seguimos buscando la quietud en el afuera. Estamos convencidos que nos llegará la serenidad cuando nos graduemos, avancemos en nuestra profesión, compremos la casa o el coche, y nos reconozcan en los ámbitos que nos movemos. La idea no es auto-flagelarnos si nos sentimos identificados con esto último, sino tener la ecuanimidad de decir, “hay una historia de vida que me empuja a pensar y comportarme así, lo acepto, y me pregunto... ¿Qué patrón podría cambiar para sentir alivio? ¿Qué tendría que reconducir? ¿Qué aliviaría mi pesar?”.

La raíz del problema

Varios de mis clientes fueron criados en familias, que con la mejor buena intención, les inculcaron que había que sacarse calificaciones altas en el colegio y que había que esforzarse por no “fallar” ni los exámenes, ni en los deportes, ni en agradar a los demás en sus círculos. No es de sorprender que hoy, estos clientes sean adultos que se sienten incompletos, carentes del ingrediente secreto para triunfar, o temerosos de no ser amados o aceptados cuando tienen una caída. Una de mis clientas me compartía que de pequeña había sido una alumna de dieces y que las pocas veces que sacaba sietes u ochos, su padre le cuestionaba en qué había errado y la castigaba.

Experiencias así quedan registradas en nuestro cuerpo y las acarreamos a nuestra vida adulta. Si por algún motivo no logramos lo que nos propusimos, el castigo será el lugar familiar a donde volveremos. La diferencia es que en la adultez, los que nos auto azotamos somos nosotros. Las circunstancias positivas de la vida, por muchas que sean, suelen pasar desapercibidas y nuestra mente se enfoca empecinadamente en aquello que nos hace sentir inseguros, reforzando así nuestras ideas de carencia.

Nuestras creencias y pensamientos se empiezan a formar en las interacciones que tenemos cuando somos pequeños. Pienso en mi clienta que era tan buena alumna que vivió con ansiedad su etapa escolar porque temía desilusionar a su padre. En su mente de niña, ella asoció que su padre la quería cuando era exitosa y que la dejaba de querer cuando tenía un desliz. ¿Cómo no nos vamos a obsesionar con todo tipo de pensamientos para poder tener bajo control la realidad? ¿Quién quiere atravesar tanto sufrimiento? Y no obstante, podemos dar lo mejor de nosotros y dibujar una hoja de ruta, pero la vida nos sorprenderá porque no es predecible ni ordenada. Serán nuestra flexibilidad y capacidad de cuestionar nuestras fijaciones, las que nos sacarán a flote y las que evitarán que nos derrumbemos.

¿Qué hacer?

Mis clientes muchas veces me dicen: “Ya entiendo, pero me sigo sintiendo fatal, perdido, angustiado, ¿y ahora qué hago?”. A lo que les respondo: “¿Estás segura/o que las cosas son tan así como te las cuentas? ¿Realmente eres una persona tan defectuosa? ¿Vas a comprarte tus ideas como si fueran una verdad absoluta? ¿Cómo puedes ponerte de tu lado? ¿Que tengas esos pensamientos los convierte en realidad? ¿Si la persona más sabia del mundo te hablara en este momento, qué te diría? ¿Qué pequeño cambio te comprometes a poner en marcha?”.

Cuando nos animamos a permanecer con nuestras emociones en vez de huir de ellas, empezamos a abrirnos y a recibir información de nuestro Yo más sabio. Con el tiempo, la clienta que te compartí anteriormente, comprendió que desde niña se había contorsionado por hacerlo todo bien para cumplir con las demandas de su querido padre. Esa niña que en casa se sentía “tan poca cosa” con calificaciones apenas por debajo de la máxima, se había convertido en una adulta adicta a las conquistas y a llegar a la marca más alta donde nadie le pudiera reprochar. Sin embargo, esa vida ya no la hacía feliz, estaba agotada, se sentía vacía e insatisfecha.

Poco a poco empezó a interpelar sus suposiciones y a vivir a su manera. Aprendió a escuchar su voz interior, a ser fiel a uno mismo, y sentir gratitud por las pequeñas cosas.

Para sentir la paz que reside en nuestro interior es vital dejar de vivir en piloto automático y despertar del trance del miedo, el trauma, y las creencias que aceptamos como verdades absolutas y que hoy nos limitan. El camino de desaprender los patrones que nos tienen amurallados requiere de mucho coraje, pero es la manera de contactar el amor, la dicha, y el poder que residen justo en nuestro centro.